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Violencia y propiedad

 

Creo que la razón de fondo de toda la violencia y daños que se están presentando en Venezuela tiene un origen muy claro, Venezuela, más allá de la educación del hogar, no cuenta con instrumentos de refuerzo a la idea de la propiedad. Evítese caer en los prejuicios típicos de quienes tienen posturas doctrinarias muy limitadas en torno a la idea. En Venezuela, más allá de lo que nuestros padres o ejemplos familiares nos inculquen consciente o inconscientemente, no podemos decir que existan mecanismos que fomenten la internalización del respeto a la propiedad de cada quien.

 

Y cuál es la noción más básica, filosófica, casi natural de la propiedad si no es la idea de que cada persona es propietaria de sí misma. Seres radicalmente conscientes, que poseen unas características similares, aunque no idénticas a los otros, provistos de lenguaje y razón (aunque no se compartan por todos), con valores e intereses infinitos. Se trata de una idea tan simple, que arraigó en un sinfín de culturas y que tiene su origen en el contacto humano cooperativo que nos permitió superar la barbarie.

 

Venezuela, así como muchos países, sufrió durante años (siglos tal vez sea más adecuado) de una puja entre el primitivismo y la modernidad. Esto fue lo que apreció Rómulo Gallegos y trató de transmitir a través de la palabra escrita. Pero el salvajismo perduró. Gozamos de islotes de paz, tranquilidad y prosperidad en base a ideas de una Venezuela que realmente no existía. Compramos con falsa abundancia la tranquilidad de los saciados.

 

El problema está en que muchas personas, especialmente en los puestos de decisión consideran la idea simple de que cada quien es propietario sobre sí mismo como una proyección economicista, cuando la verdad es que tiene raigambre filosófica más que económica. Básico, ser propietarios no obliga a asumir responsabilidades, esto incomoda a propios y extraños, la responsabilidad parece ser una carga que pocos quisieran asumir (no hablemos ya de respetar la responsabilidad de los demás).

 

George Bernard Shaw, más recordado por sus novelas y citas descontextualizadas que por su vanguardista apoyo a la erradicación física de los indeseables de la sociedad consideraba que en la responsabilidad radica el miedo a la libertad. Permítasenos concordar con Shaw únicamente en este último aspecto.

 

Ahora bien, de ser así, simplemente haría falta una adecuada política educativa que incida transversalmente en la formación de los ciudadanos de todas las edades. Pero la verdad es que no es así.

 

Los efectos de la educación en el tema del respeto de la propiedad básica de los seres humanos, y el consecuente de las propiedades extendidas, no pueden prosperar en un entorno donde haya incentivos tan perniciosos como en Venezuela. Sucede que en Venezuela están dadas las condiciones para que un finlandés, danés, noruego, o japonés transforme sus actitudes. No hablo ya de asesinar, sino de aspectos fundamentales del largo plazo.

 

Las perspectivas en el país se han alterado de tal manera que nada es previsible salvo el desastre. La inflación no cede sino que aumenta, y no bastando con ello, aprovechando cierto olfato político y unos valores bastante pobres, el gobierno nacional ha promovido los saqueos organizados. Obligando a reducciones de precios, el gobierno nacional busca promover lo que se podía olfatear con el establecimiento del control de cambio, la destrucción del sector empresarial. El pretexto del dólar preferencial no es suficiente, la economía es dinámica y está sometida a criterios de escasez relativa que se manifiestan en los mercados libres.

 

1.

 

La alergia al mercado, a la libertad de producción e intercambios no es una creación chavista, es algo enquistado en el alma de las corrientes políticas tradicionales de nuestro país. La estabilidad de los 40 años de democracia previa al chavismo fue un logro reconocible, pero si se considera el decreto de suspensión de las garantías económicas semanas después de la ratificación de la constitución de 1961 deben arrojar luces sobre el tema.

 

Cómo es posible que tras años de esfuerzo, una generación política respalde la suspensión de una constitución producto de sus propias propuestas. La historia venezolana sirve de pretexto, la lucha armada imponía condiciones particulares. Pero esto no es razón suficiente, puesto que quienes apoyaron la atribución de vulnerar la propiedad privada para luchar contra la insurgencia no se detuvieron a contemplar el hecho de que esa misma insurgencia no se componía de grandes propietarios, ni mucho menos estaban apoyados por ellos, cuántas hectáreas de tierra, ¿cuántas empresas, industrias y comercios, eran propiedad de los Petkoff, Bravo, Rodríguez, y compañía? Digo, como para justificar que se suspendieran las garantías y poder actuar contra los guerrilleros-propietarios.

 

La verdad es que los artículos económicos de la constitución fueron letra muerta hasta la eliminación de la suspensión de garantías económicas casi 30 años después. ¿Acaso la lucha armada, esa aglomeración de intereses del gran capital, asociado a la izquierda marxista seguía en su apogeo tras la pacificación de los 70? Tan solo 30 años después se restituyen estos aspectos de la constitución. Una generación entera no vivió bajo las garantías económicas, pero ni lo notaron, la opulencia de aquellos años permitía omitir estos aspectos.

 

Durante casi dos décadas Venezuela gozó de crecimiento económico permitiendo incorporar a millones de personas a los sistemas educativos y de salud de forma casi gratuita, debido a que gran parte de ellos se financió con renta petrolera. El sueño venezolano, la Gran Venezuela, pareció posible. Empresarios gozaron de respeto de facto, subsidios, créditos blandos, impuestos bajos y una inflación baja; los obreros de salarios cada vez más altos, con buena capacidad de compra, servicios públicos de estreno; finalmente, los partidos políticos y el gobierno se reservaron el financiamiento público de sus organizaciones, las nóminas estatales, los bienes administrativos de los distintos niveles del gobierno, y la capacidad para incrementar su injerencia y beneficios cuando así lo consideraran.

 

Esta fórmula funcionó muy bien durante los primeros 20 años, los sectores se repartían porciones variables, pero siempre existentes, de la riqueza, mientras que quienes determinaban el tamaño de esa torta estaban fuera del país demandando nuestras materias primas, o dentro de nuestras fronteras intentando casi románticamente rechazar las prebendas estatales o aprovecharlas de la manera más honesta posible. Luego llegaron las crisis.

 

Los precios bajaron, pero no se asumió, sino que cualquier cambio se postergó indefinidamente por inviabilidad política de los mismos, el resto es historia conocida. A los venezolanos nos llegó el fin de siglo y con él trajimos a la combinación de todos los males en un solo movimiento: el chavismo.

 

2.

 

El chavismo es en esencia antirrepublicano, y antidemocrático en el sentido moderno que tienen estas palabras. El chavismo son montoneras, como las de antaño, pero generalmente se valen más del voto que de las armas. Al chavismo no le interesan las minorías, a menos que se trate de su voto más fiel, sino una gran mayoría de venezolanos, con necesidades y expectativas insatisfechas desde hace años que constituyen su esencia. El chavismo no es paz, sino revanchismo, es la voz de todos aquellos que gozaron de la Gran Venezuela y de repente comenzaron a ver que las cosas no iban tan bien como antes.

 

¿Cómo puede esperarse que en este tipo de entornos prosperen los derechos de propiedad sin la adecuada voluntad política para apalancarlos? Venezuela, acostumbrada desde hace mucho al enfoque de arriba-abajo, no parece presentar tampoco las iniciativas de desarrollo de abajo-arriba. La concentración de atribuciones y facultades en el gobierno, la visión de que si hay desempleo se debe legislar para crear empleos desde la nada, el “si me va mal hablo con un amigo que es del partido” es tan nociva como cualquier impuesto. Son los incentivos que hay.

 

Y no se olvide el sin fin de problemas culturales. ¿Cuándo el posicionar a un familiar en un cargo deja de ser corrupción? Pues resulta que esto no se ve así en la familia venezolana. Es un deber, estando en una posición de poder, apalancar sí o sí a los familiares, esto no es visto como corrupción, sino como solidaridad. Porque si no se ayuda, se cae en la escala de la familia, sino “palanqueas” al otro eres mala persona.

 

El mérito ha ido perdiéndose en una maraña de palancas, obstáculos, delincuencia, inflación y demás. Todavía queda gente con méritos, cómo no, hasta en Zimbabue los hay, pero lo esencial es que ser honesto es cada vez algo menos cotidiano. Chávez no falló en esto, lo extraordinario se hizo cotidiano.

 

Esto nos lleva al último aspecto, que conecta con el comienzo, las muertes violentas en Venezuela eran hace 20 años una rareza, hoy día son la norma. Y no se puede alegar que se trata de los medios de comunicación, el chavismo en esto es casi hegemónico. Se trata de que cualquier mirada superficial a la data disponible muestra que Venezuela es hoy más violenta que en ningún otro momento del siglo pasado. Pero, ¿por qué sucede esto? Muchos alegarán que es la falta de educación, otros más atrevidos dirán que es escasez de cultura ¿?

 

Sin embargo, creo que es algo que le subyace a los niveles educativos y está enquistado en la visión de mundo de cada día más venezolanos: la propiedad de cada quien sobre sí mismo es un derecho exótico, cuando mucho un lujo en las circunstancias actuales. La propiedad es un lujo porque ingenuamente se creó la idea durante décadas de que tener es lo mismo que ser, y el ser es más importante que nada, si no tengo no soy. Para un país donde pocos tienen, la respuesta fue muy obvia, debe corregirse eso desde el gobierno.

 

Pero no se puede dar lo que no se ha creado, y el gobierno suele ser incapaz en el terreno de la creación, por lo que es necesario recurrir a quienes crean, se trata de la lógica primitiva del socialismo. La lógica expresa del socialismo es que nadie, en teoría, debe ser más que nadie y para ello el gobierno, encarnado en la forma que sea, debe intervenir para tomar del que tiene para darle al que no. Como se ve, es una idea muy simple, que se puede explicar a cualquiera.

 

Lo que sucede es que ni aquí ni en ningún lado esta idea ha conseguido traer prosperidad a todos. A la larga el socialismo no solo es inviable, sino altamente destructivo. En un país con una debilidad institucional como Venezuela, los efectos solo han sido mitigados por las ingentes ganancias de la renta petrolera. Pero nada puede durar para siempre. A mayor ganancia más gasto, y cuando los recursos se terminan, se procede al endeudamiento. Como puede verse, es la misma vieja historia, pero con nuevos actores.

 

Nuevamente, el gobierno, no solo en Venezuela sino en general, es incapaz de solventar la pobreza. Pero llevando lo que se había visto en los discursos de la izquierda criolla durante décadas, decide transmitir la idea de que no solo es injusto que exista pobreza y que esta es resultado directo de la riqueza de otros, sino que es moralmente legítimo que quienes no posean tomen por la fuerza.

 

El gobierno nacional dice que en el capitalismo no hay vida decente, que la pobreza es resultado de esto y que los desposeídos de este planeta deben tomar la justicia por sus manos cuando los gobiernos se la nieguen por defender a los intereses del capital.

 

Y he aquí que quienes asesinan lo hacen por una idea, se trata de la noción de que a ellos les fue negada una vida feliz, decente, y que no basta con tomar las pertenencias de alguien, nada de ello les hará recuperar el tiempo perdido y las vejaciones sufridas. Solo les queda una salida, no es óptima, pero es aceptable, y es que al tomar una vida están nivelando la balanza haciendo sufrir a los culpables del sufrimiento propio un infierno si se quiere compensatorio, y en última instancia, nivelador.

 

Esta es la afrenta más radical que puede haber contra la propiedad en su forma más básica e indispensable, se trata de un atentado contra la vida.

 

 

 

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Problemas venezolanos de ayer y hoy…

El cierre del 2013 se plantea como uno de los más difíciles de los últimos años. Los efectos inflacionarios que no aparecieron en 2012 se han hecho sentir con mucha fuerza mostrándonos lo que ya el ciudadano siente a diario aunque no lo defina de forma académica, Venezuela tiene un enorme problema de inflación y nada parece indicar que las cosas vayan a cambiar. Si a ello agregamos la dificultad para encontrar algunos productos de primera necesidad, se aprecia lo complicado que se hace para muchos poder llevar una existencia tranquila como es el deseo natural de quienes vivimos en esta sociedad.

Las consecuencias de la agravación del modelo productivo que desde hace mucho tiempo se ha implementado en Venezuela están a la vista de todos, aunque para muchos el pasado fue siempre mejor, la realidad es que estamos en una fase avanzada de lo que se fue gestando desde los años 40 del siglo pasado. El alegato a los matices no invalida el argumento, el chavismo es la consecuencia lógica de una manera de hacer las cosas en el gobierno nacional y responde a una perspectiva que ya se hallaba en quienes ejercieron el poder durante décadas en el país.

No malinterpretemos lo anterior, en ningún lugar se está afirmando que todos los gobernantes del pasado eran como los actuales, es bien sabido que el reformismo dicta las pautas progresivas para avanzar hacia el fin. Aquí se trata de entender que estamos hablando de un modelo, de una forma de relacionarse con el resto de los actores, de una perspectiva del desarrollo y de cómo deben darse los eventos en un país.

Venezuela adolece desde hace mucho tiempo de gobernantes con complejo de guía iluminado, los avances democráticos no evitaron esto, porque además es algo normal en una sociedad. La producción de élites con visiones particulares sobre cómo debería ser esa sociedad es un aspecto natural de los grupos humanos, casi tanto como la curiosidad en las personas. Nuestro país en esto resulta como muchos otros, pero se diferencia también en importantes aspectos.

La clase intelectual se mantiene aferrada a la visión de que los designios del país son demasiado importantes como para dejarlos en manos de las personas comunes. El núcleo del argumento es este, las justificaciones pueden ser varias, pero el núcleo es el mismo. Sea por ignorancia, falta de preparación, maldad inherente, egoísmo natural, entre muchas otras, la sociedad es percibida como algo muy importante como para dejarla en manos de la sociedad. Aparece entonces la necesidad del líder, que no es más que un planificador central legitimado por el voto (aunque en momentos de nuestra historia se han omitido estas últimas 4 palabras).

Muchos alegan que no es lo mismo un planificador central egresado de Harvard, Yale (o alguna universidad de la Ivy League), Oxford, e incluso el IESA y el CENDES y un planificador egresado de una institución militar donde, bajo el prejuicio de la intelectualidad criolla “se aprende de disparos, acatar y ordenar, pero no a pensar”. Hasta cierto punto es verdad, el conocimiento de quienes egresan de estas instituciones varía notablemente. Pero no hay estudio universitario alguno que le otorgue a una persona el derecho a decidir sobre otro. Muy a pesar de los apologistas del gremio de los letrados, un título universitario no convierte a su poseedor en ungido para gobernar un país, mucho menos para gobernarlo “per secula seculorum”.

No hay (ni puede haber) una maestría que te licencie para gobernar al otro, tampoco hay una que te convierta en maestro en resolución de asuntos de la vida cotidiana. La vida no se aprende en las aulas, desde ahí lo mejor que podemos aspirar es a entenderla para poder tomar decisiones de la mejor forma posible.  Pero contrario a lo que se vende, en este mundo sin garantías, ser licenciado tampoco constituye ninguna.

Confiar en el otro se ha vuelto un problema, las personas han perdido ese vínculo tan natural para los humanos desde que decidimos establecernos en grupos, esto es, desde los comienzos de nuestra existencia. Debe entenderse la confianza en el sentido amplio, no el de una relación cercana de corte amistoso, sino se órdenes complejos. Para una sociedad, es decir, para las personas que la componen, es fundamental tener la confianza de que mañana los alimentos no van a variar notablemente de precio, mucho más que existirán. Pero todo va más allá, para las personas es fundamental saber con la mayor certeza que al salir de sus hogares están tomando un riesgo menor con respecto a su propiedad privada más fundamental, es decir, que no habrá peligro para su integridad física.

En Venezuela hemos perdido este tipo de certezas, por lo menos en lo que se respecta a la vida cotidiana. Para quienes habitamos en Caracas el ruido de una moto cobra un sentido totalmente distinto al que tiene en quienes viven en Rio de Janeiro, Buenos Aires, Santiago o Lima. Y más allá de los significados que cobra en aquellos países, y los prejuicios que también se han desarrollado en el nuestro, hoy no hay confianza en la seguridad. El único bien público que ha servido de justificación durante siglos a la existencia del Estado es hoy un bien sumamente escaso.

Lo que se denomina “capital social” contiene el elemento de la previsibilidad, eso que durante siglos ocupó las mentes de filósofos, que se encuentra en el origen del problema del orden. De qué manera se puede garantizar el orden, de qué forma evitamos lo imprevisible. En Venezuela hemos fallado estrepitosamente en esto, y no por la falta de Estado, sino por el exceso de ello.

El trickle down chavista…

Como ya lo he comentado antes, considero que para entender el chavismo y la Venezuela que vivimos-heredamos, hay que recordar el origen, la propuesta, y el camino marcado por la figura presidencial. Si no se atiende a los detalles, podemos correr el riesgo de perder elementos importantes para un análisis completo. Pero para ello, tenemos que entender que el chavismo no es una construcción meramente personalista. El chavismo o mejor dicho los componentes fundamentales de lo que llamamos así, es un producto social en el sentido de haberse creado, desarrollado y difundido a través de relaciones sociales como cualquier otro esquema de pensamiento.

Considero que el chavismo, como concepto merece un tratamiento más serio que aquél dado durante el tiempo ingenuo en el que se le consideró, grosso modo, simplemente en base a una frase: “seguir a Chávez en lo que sea”. Tal como se mencionó previamente, el final de la vida de Chávez trajo consigo el inicio de la fase “trascendental” de la visión de mundo chavista. Al estar asociado con Chávez, y su conducta altamente polarizadora, el chavismo avanzó lentamente durante 14 años en la penetración del imaginario colectivo. Tras la muerte del líder el símbolo se rompió y, tal como en sus discursos del estilo “tú también eres Chávez”, efectivamente el discurso se trasladó a los actores políticos.

Este aspecto es fundamental y debe quedar en claro: el chavismo es más que un culto al líder. Mantiene las características de un culto, pero no se agota en él, a modo del aufheben hegeliano, lo incluye “mejorándolo”. Pero también agregándole con otros elementos. No es posible negar con argumentos lógicos que el chavismo comporta una visión de mundo, ni mucho menos que es producto de un diagnóstico tendencioso ya refutado por los resultados obtenidos en otras latitudes. Pero lo importante de esto último es que también impulsa una forma de gobierno y de ejercicio del poder que se aprecia en el discurso. Resulta preocupante para algunos, entre quienes me encuentro, que durante mucho los analistas de diversa índole rechazaron darle un tratamiento de profundidad a este asunto al enfocarse en fenómenos como el uniforme del líder y las corruptelas del día en la gestión.

La construcción de la imagen del líder consiguió apropiarse del discurso clásico de la izquierda mundial. Originalmente subordinado a otros temas, el izquierdismo, entendido como antagonista en lo político y económico al capitalismo y sus defensores, estuvo siempre acompañado de una gama de temas enmarcados en la lógica electorera del discurso “atrapa-todo” con la única idea de conseguir la presidencia de la república (de manera mucho más evidente tras el congreso de 1997 del MVR donde deciden adoptar la lucha electoral).

El izquierdismo del chavismo es sincero, pero no puro. Se trata de elementos que cohabitan en el imaginario del chavista pero modificando componentes que puedan parecer contrarios a los axiomas sagrados de la máxima religión nacional: el bolivarianismo. Este cambio a los principios fue tal que controló la conflictividad interna, mucho más ante una realidad compleja y desafiante con las explicaciones típicas de la izquierda política. Sucede que esto último es curioso porque el paso de los años ha obligado a gran parte de la escena izquierdista mundial no tanto como rechazar, como dosificar las actitudes que en el siglo XX desencadenaron desde estancamiento hasta asesinatos masivos.

Pero el izquierdismo de la oposición no es menos sincero. La mayor parte de la oposición considera que Venezuela tiene un problema de gestión, o mejor dicho mala gestión, y no, como plantean otros entre quienes me incluyo, que el patente fracaso nacional se debe a tendencias inherentes al sistema predominante que hoy, como ayer, frena el desarrollo y las potencialidades del país, y más importante, reprime las capacidades humanas de quienes habitamos en Venezuela. Chávez conocía esta realidad, y en conjunto con su tren gubernamental se esforzó, incluso antes de llegar al poder, por valerse de un mito y un enemigo de cara al alcance y ejercicio del poder en Venezuela. El mito fue la revolución bolivariana y socialista, cumpliendo con el pasado y futuro del país en un mismo concepto. El enemigo fueron los actores políticos tradicionales, los gremios, sindicatos y demás componentes asociables a la debacle pre 1998.

Hoy presenciamos como la retórica se ha movido desde un desprecio a la figura de Chávez hacia un desprecio de la figura de Maduro. Chávez ha desaparecido físicamente, pero su simbolismo se ha convertido en el nuevo botín en disputa. El chavismo tradicional parte en clara ventaja, son, por así decirlo, sus herederos políticos; pero la oposición ha dejado hace largo su crítica superficial tradicional, hacia una crítica novedosa a la gestión, aunque igualmente superficial.

La oposición se encuentra hoy ante un problema de identidad, un problema que no ha notado, y que quienes lo notan, desprecian como poco importante. El concepto de progreso es un cascarón vacío en el que se incluye cualquier mensaje electorero. No es nada nuevo, dado que el progresismo, cuando no abiertamente izquierdista como en España y Estados Unidos, está desprovisto de cualquier significado concreto.

En esto, la oposición, al asumir el progresismo como “ideología” y habiéndose afirmado como progresistas sus principales actores, ha abierto la puerta a la libre interpretación del concepto. El Progreso y todo lo relacionable con él es lo bueno, y ser progresista por asociación lo es más aún porque ¿qué puede ser más bueno que aquel bien, encarnado y autoproclamado? Especialmente en un mundo que “a todas luces no es el mejor de todos los mundos posibles”. Con el progresismo la oposición se abre paso a la victoria electoral, pero al abrir las puertas del triunfo ha dejado entrar también los elementos chavistas predominantes en la política nacional; el uso del gobierno como herramienta de dominación, y la oferta de beneficios, entendidos como derechos, han sido incorporados, reforzando la creencia predominante en los opositores de que Venezuela tiene un problema de mala gerencia no de proyectos de país.

Nuestro discurso político gira entorno a esta idea principal. Pasamos del odio a Chávez a su incorporación inconsciente dentro de las ideas esgrimidas. La coyuntura actual nos permite hacer un uso masivo y sumamente eficaz de esta idea, tal como mencioné en líneas anteriores el ataque se ha orientado de la figura de Chávez hacia las figuras que antes le acompañaban y a los que chavistas y no chavistas siempre consideraron culpables del desastre causado por las políticas implementadas en Venezuela. Esta visión, alimentada casi incesantemente por Chávez durante 13 años se ha impuesto en las bases, por ello el título del presente artículo se refiere al efecto que economistas y sociólogos daban a una forma peculiar de expectativas de repartición de los beneficios económicas en un país tras las reformas estructurales de los 80 y 90 en la que la riqueza en el tope de la sociedad terminaría por descender a los demás grupos sociales.

Creo firmemente que es posible interpretar la entrada de la mentalidad chavista de la misma forma, al ser asumida por los liderazgos opositores y medios de comunicación en general, se impulsó su llegada a segmentos intermedios e incluso de bajo ingreso que habían resistido en base a la visión opositora original que rechazaba todo lo propuesto por el chavismo. La explosión resultante de la muerte de Chávez solo logró darle mayores bríos al proceso por lo que hoy nos vemos con dos sectores chavistas, unos abiertamente y otros discretamente y aun sin saberlo. Por ello no dejo de pensar que el chavismo está vivo y seguirá así por mucho tiempo. Cada vez que un opositor piensa que Chávez estaba en lo cierto y que el error estaba en quienes le rodeaban se afirma más el punto.

Lo cierto es que comunicacionalmente hablando
la muerte de Chávez no pudo ser manejado de forma más disímil entre el gobierno y la oposición. El manejo de la oposición, bastante comedido, no puede más que celebrarse; por el contrario, la manipulación del chavismo resultó en un descenso vertiginoso del apoyo inicial. En comunicación política se asume que generalmente las crisis tienden a plegar a los indecisos hacia el gobierno, pero ya se demostró que no siempre es así. Debajo de esta afirmación debe agregarse, para enfatizarlo como es necesario, una nota al pie donde se explique que esto último no aplica en los casos de manejo desastroso por parte del ente gubernamental.

Aprovechando la posible atención que un texto como este consigue en la mente de un opositor, e incluso en el simple venezolano apartidista (que no es lo mismo que apolítico, basta ya de confundir los conceptos), debe quedar en claro de que ya se ha naturalizado ante nosotros la mentalidad chavista. Vemos con buenos ojos que el gobierno controle precios, entregue dólares subsidiados a grupos privilegiados, y se aumente por decreto el salario. No bastando con ello también se piensa que el gobierno tiene la prerrogativa de decidir sobre casi cualquier aspecto de la vida, desde dónde vas a estudiar hasta con quien puedes casarte, desde cuánto vale tu dinero el día de hoy a cuál es el contenido educativo que se le imparte a los niños. Para el venezolano todo lo anterior es normal, llegando al punto de asumir como pecado la llegada de inmigrantes a nuestras tierras porque básicamente vienen a replicar en forma moderna, el pecado orignial de los españoles: destruir la vida tal como se conocía antes de su llegada.

Creo que no puedo cerrar las últimas líneas aprovechando también que el venezolano promedio, ante cualquier posible similitud con un sector que es conocido por sus dificultades para dialogar, construir acuerdos y generar beneficios colectivos sustentables para Venezuela siempre tendrá la oportunidad de exigir algo diferente, de pedir cuentas a quienes gobiernan y aprovechar sus derechos individuales. Quizá llegue el día en el que una mayoría conciente esté al tanto de sus posibilidades y se atreva a construir lo que hasta ahora ha demandado a otros hacer. Si ese día se acerca, no parece muy claro, pero cuando llegue, si llega, muchos estarán preparados y dispuestos para representar a esa rara avis que es el venezolano plenamente responsable.

El chavismo sin Chávez

Luego de los resultados obtenidos por el chavismo el 7 de octubre de 2012, en medio de la resaca tras la derrota en una situación que creían, a todas luces, favorable para el candidato opositor, muchos analistas de oficio y amateurs pensaron que el escenario se complicaba de nuevo. Sin embargo, no dudaron en tener esperanzar claras ante una eventual complicación de la enfermedad del presidente Chávez, que ya se hacía evidente durante su campaña presidencial, lo que imposibilitaba el ya tradicional recorrido de Chávez junto a sus candidatos para potenciar su elegibilidad.

Chávez, recorriendo el país con cada elección, garantizaba al presidente en campaña permanente y, fungiendo como pilar, en el llamado efecto portaaviones, permitía a los candidatos chavistas gozar de un respaldo sin parangón en la política venezolana. Esa lógica contribuyó, aunque aún no se sabe la medida, a las victorias aplastantes en las elecciones regionales y se asumía como garantía de lo mismo en las recientes del 16 de diciembre de 2012. Chávez, y sus allegados hábilmente eligieron una táctica diferente, se harían 3 elecciones diferentes, en las que la primera, donde Chávez se jugaba la presidencia señalaría el camino de la siguiente, y por un efecto de acumulación de derrotas, barrería con la oposición en casi todo el territorio nacional.ES0752C-VENEZUELA-POLITICA-ELECCIONES_PREIMA20121007_0863_37

No es difícil imaginar la lógica que se derivaba de ese argumento, Chávez aparece como el político más decisivo en la historia reciente venezolana, su presencia lleva al paroxismo el fanatismo por una persona. Chávez es el norte y sur, es el sol y la luna, no solo para el chavismo, sino para muchos opositores también. Hemos llegado al punto en el que Chávez se ha convertido en símbolo, y por miedo a perder lo construido hasta hoy, los opositores con capacidad de decisión prefieren omitirlo a luchar contra lo que representa.

Pero lo más grave no es esto, es que el mal cálculo político (o la incapacidad, que en dado caso sería peor) volvió a pasar factura a la oposición. Se creyó que con un Chávez desactivado las chances eran mayores, pero si se ve el resultado, la oposición retrocedió en el número de cargos electos a nivel gubernamental. Si bien la proporción en cuanto a votos fue similar a la obtenida por la oposición 3 meses antes, se perdieron gobernaciones importantísimas (Zulia, Táchira, Carabobo, Nueva Esparta, y si se es laxo con el origen de los gobernadores, Monagas), a cambio de mantener dos claves (Lara y Miranda) y Amazonas.

El argumento de la abstención es casi ridículo, decir que la oposición salió desfavorecida porque sus electores se abstuvieron es tan válido como el de un chavista que diga que su victoria no fue más aplastante porque hubo traidores a la revolución que no fueron a votar. Siendo claros, la abstención afectó a ambos sectores, y solamente ayudó a denotar que, como es costumbre, las gobernaciones movilizan menos a la gente que la presidencia, y la presencia de Chávez moviliza para ambos lados, esto es, a favor y en contra.

También es fundamental entender otra cosa: todos aquellos que creyeron que el chavismo desaparecería tras Chávez deben revisar profundamente su cosmovisión sobre el chavismo. No solo existe el chavismo sin Chávez, sino que es capaz de ganar elecciones de forma notable. Se podrá alegar que se ganó Miranda, Amazonas y Lara, pero eso puede ser consuelo momentáneo, la verdad es que salimos mal parados y ahora la MUD y la unidad más allá de ella afrontan meses claves. En algunas entidades ya se aprecian resquebrajamientos claros, la incapacidad para mantener un respeto a los resultados de las primarias es un reto de primer orden que no parece andar por buenos caminos.

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El chavismo sin Chávez no solo es una realidad, sino que, por lo que parece, estará entre los venezolanos por mucho tiempo, bastante más allá de la presencia física de su emblema-creador, y por más tiempo de lo que algunos analistas opositores piensan. Hasta donde esto es culpa de cada quien es un tema que no compete a estas últimas líneas, sin embargo, dilucidar esto no debe dejarse para otros tiempos (ni como muchos mayores suelen hacer: en los inmaculados jóvenes), pues pareciera que la dinámica de la cotidianidad no ha hecho sino beneficiar la implantación del chavismo como característica que, unos más que otros, presentan.

Nos ha castigado hasta ahora la incapacidad de analizar un proceso personalista que a todas luces se le fue de las manos incluso a sus creadores. El llamado es que aquellos analistas criollos, que menospreciaron al chavismo, y quisieron creer que lo que vivíamos era una etapa de populismo autoritario bajo la égida de un caudillo que les pareció demasiado iletrado como para representar sus ideales de juventud (y en ocasiones actuales), reflexionen de nuevo, mediten sobre las consecuencias de lo que durante años afirmaron, y se replanteen la situación de cara a un futuro con un chavismo sin Chávez que, aunque pueda dividirse, va a quedarse.

(D) Enunciar la realidad.

Desde el 8 de octubre varios voceros de la oposición han entrado en una fase de recomposición de los actores de peso. Con la certeza y presión de una elección clave para la supervivencia de gran parte de los partidos políticos, también entra en juego el futuro de varias figuras de la oposición. Queda clara la preocupación que muchos manifiestan por la aparición de críticas internas a la Mesa de la Unidad Democrática. Sucede que no solo están en juego los cargos, el 16 se deciden aspectos políticos, es cierto, pero también, de una forma más sutil ante la percepción de las personas no inmersas en el tema político y sus componentes operativos, lo que está en juego son las pocas garantías que quedan para la constitución y operacionalización de equipos políticos, el trabajo político organizativo, y la aparición de los nuevos liderazgos.

Lo anterior suele pasar desapercibido porque cuando las personas se imaginan la política y sus actores, generalmente llenan los conceptos en base a prejuicios negativos asumiendo además que quienes participan en ella lo hacen solo por motivos de sustento económico y egocentrismo. Aunque ambas son razones válidas, y algunos políticos parecen ser ejemplo vivo de ellas, desde siempre el ejercicio de la actividad política responde a incontables intereses. Por supuesto, esta percepción generalizada hace algunos años ha venido cambiando, y, si bien no se asume a la política y los políticos de forma positiva, las excepciones individuales se han multiplicado. Solemos encontrar más disposición por parte de los venezolanos a admitir que no todos los políticos son igualmente malos y que en ocasiones, aunque pocas, incluso los hay buenos. Parte de este cambio se debe al nuevo enfoque que los distintos medios de comunicación, en conjunto con los múltiples actores del entorno político, han transmitido a la población sobre los problemas, sus soluciones, y sobre cada actor. Todo lo anterior coincide felizmente con la aparición de nuevos liderazgos políticos a finales de la década pasada, especialmente en el caso de las juventudes universitarias, luego partidistas (en muchos casos personales se da simultánea e interminablemente), quienes ante la opinión pública tienen las más altas valoraciones.

Pero lo cierto es que ya han pasado casi 5 años desde aquella explosión de activismo juvenil, mezcla de farándula y convicción, y el liderazgo juvenil ha pasado a ocupar un lugar si se quiere más natural, como acompañante de un conjunto de actores con mayor capacidad operativa, así como claridad de objetivos (aunque rara vez encuentren en armonía). Esta situación no debe indignar o molestar a nadie, el movimiento estudiantil, por sus propias dinámicas no puede ser mucho más que una organización de amateurs, con mucho entusiasmo e interés en el activismo y la colaboración, pero esencialmente novata en las lides políticas. Hoy la política universitaria nos resulta como la gran escuela, pero esto es así dado que los actores restantes apenas vienen recuperando los espacios de organización y activismo que durante mucho abandonaron. Afortunadamente el amateurismo se ha compensado con dedicación, y por ello el liderazgo juvenil nacional ha ahorrado derrotas aplastantes para los sectores democráticos, sin embargo, parece haber surgido una cierta disposición por parte de los mismos jóvenes, y de una gran parte de políticos e intelectuales de edades tempranas para hacerse con una idea que parece calar profundamente en las aspiraciones de los venezolanos: la nueva política.

Dado que se trata de un término muy divulgado en poco tiempo, ha tenido, hasta ahora, muy poca discusión. Si bien encontramos su mención en campañas tan tempranas como la de 1998, la “nueva política” parece ser un significante vacío al que se le agregan todos los significados con carga positiva posibles. Con la sola excepción de lo que parece ser una conexión inconsciente entre nueva y joven, lo cierto es que la nueva se define frente a su antítesis, la vieja. Y de la misma manera en que lo nuevo se llena de lo positivo, su alter sufre el endose de todas las críticas y acusaciones, baste decir que además lo viejo es asociado también a los políticos de larga data. La mesa queda servida para que unos y otros tengan diferentes percepciones en base al único rasgo plenamente diferenciador: el tiempo. Los jóvenes son buenos, altruistas e inteligentes, los viejos son malvados, egoístas e incapaces.

Nos encontramos hoy ante una verdad, si la nueva política es una realidad y quienes llevaron la batuta durante la pasada campaña eran quienes son parte de ella, esta aparente novedad no es suficiente para alcanzar el Poder. Por supuesto, tampoco lo fue la política de antes. De manera que parece fundamental superar esa dicotomía vacua y, desde otro punto de vista, inoperante. Los términos no deben ser cuantitativos, mucho menos temporales, sino cualitativos; tenemos que dar un verdadero salto cualitativo en la política, dejar de ser seguidores para llevar la delantera, saber estibar entre cuando seguir una encuesta y tomar decisiones que impliquen diferenciarse de las siempre volátiles opiniones públicas. Si queremos avanzar mucho más de lo que hasta ahora, requerimos afrontar las realidades incómodas, y la primera de ellas debe ser la más inmediata, todavía no tenemos un apoyo mayoritario en el país (por las razones que sean). Todo nuestro ingenio debe abocarse a ganar más espacios, pero no a costa de empeñar el futuro alimentando la insostenibilidad del esquema de relaciones de poder existente. Es necesario romper con el mismo, fomentando la autonomía de los actores, no una dependencia enmascarada, los actores deben hacerse responsables de sí mismos, así como de sus acciones y las consecuencias que estas desencadenen.

La respuesta más común suele ser que a los sectores opositores ha hecho falta conectarse con los venezolanos, pero he aquí otro nuevo inconveniente: quienes afirman esto generalmente asumen que el venezolano no contactado es el de los sectores populares con bajos ingresos. Para ellos el resto de los habitantes son una especie de a-venezolanos, que no representan lo que es realmente Venezuela, y viven en guettos de gente rica en lo material pero desprovista de toda riqueza espiritual y cultural. Es decir, consideran que el venezolano en esencia es aquel que reúne características propias de los grupos sin riquezas económicas. Se trata de una interpretación típica de quienes, por voluntad y supervisión de sus padres, tuvieron la posibilidad de asistir a una educación de mejor calidad en planteles privados (aunque no exclusivamente), es decir, de quienes perteneciendo a las clases medias y altas, fueron educadas en el marco de una visión acorde a los programas educativos estatales que sobreviven en las universidades públicas y privadas. En parte es un grupo que compra completamente el argumento de los gobernantes venezolanos, y de quienes durante décadas en sus discursos hicieron creer que Venezuela es pobre o no es Venezuela.

Se trata de lo que podemos llamar la ilusión de la pobreza venezolana que, aunque no se origina en la mentalidad política, fue alimentada incesantemente por ella. Ahora no se aprecia la complejidad del asunto, ni mucho menos sus implicaciones, pero si se parte de la idea de que los venezolanos de verdad son aquellos discriminados por una especie de enclave explotador y clasista, la solución a esta realidad comporta arremeter contra ese orden social. Y aunque parte de esta explicación de la pobreza en el país es correcta, la trama argumentativa, y los conceptos utilizados no aclaran nada, sino que colocan un velo simplificador a un asunto sumamente complejo y multicausal. A esto agreguémosle la ya tradicional leyenda negra sobre el capitalismo nacional (quizá valdría más la pena colocar comillas y decir “capitalismo”), y nos quedaremos con la receta discursiva del populismo anticapitalista. Ser de clase media o alta es como una vergüenza para muchos. Algunos sectores conciben la riqueza como una gran torta invariable que en algún momento un ancestro, nuestros abuelos o padres, prefirieron obtener (o robarse, dependiendo del grado de rechazo), antes que dedicarse a la vida política. Tal esquema, donde pocos ganan a costa de los demás, un juego de suma cero donde todo lo demás está dado y es constante no puede generar más que antipatías de la gente pero, cabe acotar, la realidad no se agota con esta explicación, en verdad muchas familias consiguieron elevar sus estándares de vida en base al aprovechamiento de oportunidades y no en el marco del amparo gubernamental.

Estas y otras cosas le resultan incómodas a gran parte de la oposición joven venezolana debido a la nueva moda de criminalizar a las clases medias y alta por los malos resultados e incluso errores que la oposición ha cometido durante todos estos años. Resulta ahora que la culpa es de los que poseen algo, o mucho. Pero lo raro es que con el odio hacia la clase media por ser, en líneas generales, clase media, no se entiende esa supuesta aspiración por generar en el país el bienestar suficiente que permina convertir a la población de ingresos bajos en clase media. Hasta que no se resuelva esa incongruencia de la oposición el mensaje no va a ser claro, y sería terrible que en la búsqueda de un discurso de corte populista, regresemos al contenido clasista, de lucha de clases, de por sí errado en sus inicios, totalmente desfasado hoy. Es una tarea pendiente, pero que permite el desarrollo de un discurso maduro, moderno, y que en realidad promueva una visión de una Venezuela verdaderamente distinta.

La república de Páez

Venezuela en no pocas oportunidades ha servido como caso de estudio para los interesados en las ciencias sociales. Sin pretender entrar en la discusión sobre la pertenencia o no de la Historia como ciencia social, asumiremos aquí que se encuentra indisolublemente ligada a las mismas, de forma tal que cobra sentido la afirmación que alguna vez hizo Schumpeter, que aquí parafraseamos, que de todas las dimensiones importantes para la economía, la histórica es acaso la más importante.

Hoy día se desconfía del sector financiero, y muchas veces con razón. Suele pasar que en la mayoría de los países los banqueros se han convertido en un sector protegido, destruyendo la dualidad ganancia-pérdida, tan necesaria para el funcionamiento adecuado del sistema capitalista de libre empresa. Muchas veces, los venezolanos de la intelligentsia consideran que debe protegerse a tirios (banqueros) y troyanos (deudores) para que se garantice un equilibrio entre las partes fomentando la armonía de intereses. Asimismo, la gran mayoría de los intelectuales, consideran que, en pos de un beneficio colectivo, las autoridades estatales han de establecer de forma centralizada las tasas de interés (sean referenciales por lo general); la libertad bancaria de fijar las tasas de interés sobre sus préstamos es nociva ya que tenderá a la usura y perjudicará a los deudores.

Opiniones como estas no solo son propias de nuestra realidad de hoy, donde pululan. Nos llevan a nuestra historia, más concretamente a los principios de Venezuela como república independiente. Por entonces se llevó adelante lo que Manuel Pérez Vila (1992) caracterizó como el gobierno deliberativo, coincidiendo además con la creación de las primeras entidades bancarias del país (con capital inglés, y a veces mixto por participación del gobierno como accionista), recordemos que hasta entonces existían las casas financieras donde los alemanes tenían una presencia importante. Por entonces las tasas de interés y los préstamos se generaban libremente, y, contrario a lo que se piensa, de acuerdo a lo señalado por Pérez Vila quien se basa en los datos de la Hacienda Pública nacional, los intereses no propendieron al alza, sino que se ubicaron en torno al 11 y 12% (llegando incluso al 9%), difícilmente alguien puede concebir estas tasas como usureras, sobre todo cuando hoy tenemos tasas un poco superiores y se habla de tasas muy bajas que solo fomentan aun más el consumo.General y Presidente de Venezuela José A. Páez

Sucede que, incluso, en un marco de relativa estabilidad pues eran frecuentes los alzamientos, el sistema de libertad financiera estaba resultando, y la muy golpeada economía a consecuencia de la guerra se estaba recuperando. Por supuesto, no se trató de una recuperación milagrosa y acelerada, sino que estaba basada en un esquema de crecimiento moderado y recuperación de capitales derruidos por la guerra. Y a pesar de todo, el sistema funcionó muy bien, se replantaron haciendas, se reiniciaron actividades abandonadas, el sector ganadero repobló sus fincas, y la artesanía encontró nuevos consumidores. Sin embargo, dadas las peculiaridades del comercio exportador nacional, nos encontramos ante el problema de exportar productos de consumo suntuario (café y cacao), reemplazables (añil y cueros) y con dificultades para incrementar la producción y encontrar nuevos mercados (carnes, que por razones técnicas no podía llegar más allá de las islas del Caribe). A fin de cuentas, Venezuela no era “indispensable”, y no se producían avances tecnológicos en estas tierras, el sistema requería más estabilidad, y por supuesto, tiempo.

Cuando se hizo complicado para los artesanos competir con los productos que llegaban de Inglaterra y otros países más avanzados en el proceso de desarrollo capitalista, se iniciaron las peticiones por parte de los grupos de interés afectados. Agricultores y artesanos empezaron a demandar mayores protecciones así como también políticas crediticias preferenciales, y de esta forma sectores que anteriormente se habían enfrentado o por lo menos tolerado como enemigos potenciales, se coaligaron para demandarle al Estado y su administración las protecciones que requerían para “sobrevivir y prosperar”. Hasta finales de los años 30, Venezuela había seguido una política muy cercana a principios “manchesterianos” que tanto le había funcionado a Inglaterra, por supuesto aun se tenía que avanzar en muchos frentes, pero la apertura en todos los sentidos rendía sus frutos, la prensa era permitida, se eliminaron los monopolios de los que gozaba el gobierno, y se procedió hacia la separación de la iglesia y el Estado (permitiéndose además la entrada a nuevas iglesias como la anglicana, e incluso religiones como la judía).

Pero en lo económico también se reportaron logros, la producción no solo creció, sino que la población también la acompañó en crecimiento. Venezuela fue muestra, mientras duraron los 17 años del gobierno deliberativo bajo la égida de Páez (quien merece ser rescatado ante la opinión pública), de que el proyecto de amplias libertades en el terreno económico produce bienestar colectivo. Evidentemente, Venezuela no poseía las características necesarias para alcanzar el ritmo de crecimiento inglés, mucho menos el norteamericano. Pero durante esos 17 años el país recobró una paz relativa e inició el avance, retrasado por la crisis política de 1846-1847, y con especial énfasis con el ascenso de los Monagas al poder, quienes, en conjunto con los partidarios del “liberalismo” venezolano (Guzmán y compañía) no dudaron en valerse de las malas prácticas del paecismo, y agregarles varias propias.

El fracaso del modelo, agotado por sus fallas políticas que le impidieron generar mecanismos eficaces de resolución de conflictos, se debió en gran parte por inmadurez política de “liberales” y “conservadores”, quienes fueron incapaces de generar acuerdos para compartir el poder y alternarse en el mando dentro de un sistema electoral semejante al que se desarrolló en otros países. Así, el monaguismo se encumbrará sobre los conflictos generados tras la amenaza de victoria de Antonio Leocadio Guzmán, y la llegada del primer Monagas al poder como candidato conservador con simpatías dentro del liberalismo. Como es sabido, Monagas solo perseguirá aumentar su poder y el de su familia, a costa del resto de los grupos sociales postergando la resolución de los conflictos latentes entre los grupos de interés y las clases discriminadas en el ejercicio del poder y el usufructo de los privilegios conduciendo finalmente al hecho sangriento de la Guerra Federal.

¿Qué entendemos por libertad?

Cuando hablamos de libertad en conversaciones del carácter que sean, nunca puede dejar de aparecer el problema que Schumpeter enunció a mediados del siglo XX en su famoso libro “Capitalismo, Socialismo, y Democracia”: sucede que, cuando discutimos temas, a veces los espacios desde donde partimos complejizan, cuando no impiden, el entendimiento. Claro que Schumpeter lo explicaba en el marco de los dos esquemas de pensamiento que le preocupaban especialmente en la obra: el pensamiento capitalista democrático (y sus tendencias inherentes) y el socialismo democrático (no confundir, aunque sí asociar con la socialdemocracia).

En muchas ocasiones las discusiones entre, llamémosles, socialistas, conservadores, y liberales (agregue los términos que prefieran, generalmente aplican) suelen entrar en impases donde pareciera que la discusión gira en torno a dos o más nociones completamente distintas entre sí. Esto sucede por diferencias importantes en lo que Schumpeter designó como universo simbólico. Son estas diferencias entre los universos que manejan las partes por lo que se dificulta o impide una discusión constructiva, y muchas veces se termina en derroteros estériles para los acuerdos.

Si no existen acuerdos mínimos en cuanto a conceptos con los cuales aproximarse a la discusión, si, básicamente, se hablan dos lenguajes disímiles, entramos en el terreno de lo incierto. Hablar del tema de la eficiencia es un ejemplo claro. Para cualquiera que consulte un diccionario básico puede encontrar una definición de la palabra de la forma más neutra posible, sin embargo, el modo en que adjudicamos la finalidad de la misma como actitud o valor ante una situación humana puede variar notablemente.

En cierto sentido es un retorno al Wittgenstein advirtiendo que los límites del mundo están en los del lenguaje que para aprehenderlo, solo que en este caso el contexto varía y se asemeja más a sus desarrollos posteriores sobre la practicidad del lenguaje. Schumpeter se refería al hecho de fundamental del universo simbólico como generador de conciencia (en el sentido de superestructura marxista), y lo que le preocupaba realmente era el dominio del mismo por parte de las fuerzas ajenas a la lógica capitalista. Por supuesto, en la obra del economista se encuentra siempre el tono pesimista de quien consideraba al capitalismo como sistema superior, pero condenado por su propio éxito a generar grupos que, presas de la lógica competitiva electoral y sus políticos, demandarían cada vez más bienes que se obtendrían de forma redistributiva trastocando el proceso productivo que los generó en un primer momento.

Al discutir, no sólo reconocemos la existencia del otro y su propiedad sobre sí mismo (como sostienen Hayek, Hoppe, y Habermas), sino que además, reconocemos que el otro desde su alteridad posee una opinión con la que nos interesa relacionarnos para la finalidad que sea. Pero al momento de intercambiar opiniones, los conceptos no previamente aclarados y acordados tienden a generar problemas, eso no quiere decir que se requiera definir cada palabra, pero sí que debe tenerse cuidado al utilizar nociones no generalmente aceptadas.

Vuelvo al título de este escrito “¿Qué entendemos en Venezuela por libertad?” para retomar una pregunta que se relaciona con todo lo anterior en la forma que la libertad ha sido, y sigue siendo, un problema que se ubica en el centro de una discusión aparentemente sin fin: el problema de la libertad en el orden social. Y es que no se puede avanzar en la ciencia política hasta tanto no se ha cimentado claramente el asunto de qué entendemos por libertad, y hasta donde se puede tolerar, por parte de quienes la consideran un obstáculo/peligro para el orden; permitir, para quienes no es más que una inevitabilidad desagradable para sus planes de organización social; defender, por quienes la consideran parte inalienable de cualquier ser humano.

Sin embargo, es rara la ocasión donde alguna de estas actitudes se presenta de forma pura, creo que pueden tener un valor importante como arquetipos o ideal tipos, con lo que, haciendo una definición muy clara y exhaustiva de los mismos (entendiendo sus limitantes inherentes como conceptos no omniabarcantes de una realidad mucho más compleja) se pueda entender y discutir actitudes y visiones de mundo disímiles, permitiéndonos reformular la pregunta de forma que cada quién se pregunte:

¿Qué entiendo por libertad? Y ¿Qué entienden otros por lo “mismo”?

Razones para aprender economía.

Primero que nada se debe entender algo, la economía no se reduce a modelos, mucho menos a funciones matemáticas. Esta noción no ha hecho más generar daños a la capacidad de conocer la realidad. Incluso, al separar la economía en dos no se ha alcanzado el objetivo original cartesiano de separar las partes que componen un todo para así analizarlo mejor, sino que por el contrario, la confusión parece haber aumentado a raíz de  mecanicismos como el hombre económico y sus acciones siempre racionales maximizadoras de la utilidad.

Sin embargo, no es criticar las suposiciones racionalistas y matemáticas de los economistas lo que me preocupa aquí, sino el abandono aparente que muchas otras profesiones hacen del estudio económico.  Lo anterior se aplica en especial al caso que me interesa en particular, el de la sociología. Si bien solo puedo comentar sobre el caso que me atañe, por comentarios y reconocimiento progresivo de otras experiencias educativas en otros centros universitarios donde se da la carrera de sociología las situaciones me resultan muy familiares, y aunque no me aventuraré a asumir que lo que pasó en mi experiencia es generalizable, pienso que puede servir como testimonio sirva para que otros, con situaciones similares, se pregunten por las raíces del problema.

A fin de cuentas, ¿cómo es posible que una ciencia con pretensiones la ciencia imperialista por excelencia, aquella que acumule para sí todos los aportes de las otras ciencias y les de coherencia en colectivo, aquella que pretende tener un conocimiento complejo para abordar una realidad compleja tenga por conocimiento marginal a la ciencia económica? Razones hay muchas, pero creo que hay 3 principales:

1)      Prejuicios: se asume que la economía es una ciencia al servicio de los grandes intereses económicos, y que, enmarcada en una racionalidad que le es propia, solo contribuye a los intereses del capitalismo (suficiente para ser execrada de los estudios humanos). Como pueden presumir, esta es la actitud que toman quienes se asumen petulantemente con un conocimiento superior, más real, o más humano de la realidad social.

2)      Pereza: tiene que ver con lo anterior, pero implica una cierta pereza especial el asumir que el conocimiento es fundamental para el desempeño de un sociólogo, y no esforzarse por recolectar un conocimiento que, nos guste o no, ocupa titulares, opiniones, y decisiones de miles de millones de personas a diario. Mucho peor es cuando se estudia economía marxista y se piensa que se alcanzó la tapa del frasco, cuando en realidad se estaría en la parte más baja del mismo.

3)      Resentimiento: asumo que esta es la más simple de todas. En las escuelas de sociología no se le da un tratamiento serio al estudio de la economía porque muchas de sus enseñanzas y hallazgos van en contra de supuestos establecidos en la sociología tradicional de nuestro país (no caigan en arrogancia los economistas, lo mismo pasa a la inversa en las escuelas de economía). De esta forma, se asume que una de las dos áreas debe estar equivocada, y como es normal, donde no se puede llegar a una discusión sintética, uno de los dos debe caer.

De esta manera nos encontramos ante una realidad bastante difícil de superar, sociólogos y economistas hablamos lenguajes muy distintos. Asumo que esta realidad se mantendrá, por lo menos en mi alma máter, hasta tanto no se profundicen los canales de diálogo académico que nos permitan debatir, polemizar, y finalmente acordar de cara a la construcción de nuevos conocimientos para las ciencias sociales en Venezuela.

Esa es la razón por la que aún hoy una escuela de Sociología pretenda enseñar que la única teoría del valor es la del valor trabajo y que las relaciones económicas son juegos que suman 0; y que una escuela de Economía pretenda enseñar que los seres humanos somos seres enteramente racionales y que las acciones y decisiones solo deben ser juzgadas en términos económicos.

Pienso que para realmente aprender sobre un tema trascendental, se requiere superar estos y otros problemas. Un mundo complejo requiere un conocimiento complejo aunque sin pretensiones omniabarcantes (por cuanto imposibles). Claro que este esfuerzo parte de la persona interesada, siempre se puede opinar de un tema sin conocimiento, a fin de cuentas no hay una conexión entre opinar y saber (a veces, pareciera inversa). Pero si se quiere aprender de un tema en el mundo académico se requiere de estudio abocado, no sólo a lo que nos gusta o imparten, sino muchas veces a lo que no.

El pasado de la libertad en Venezuela.

Generalmente la historiografía latinoamericana es muy pródiga en críticas a los esquemas estatales del pasado, especialmente por su incapacidad de garantizar estabilidad y afrontar los desafíos que, con mayor o menor frecuencia dependiendo del país que se trate, el caudillismo y, visto en retrospectiva el “state building”, representaba para las élites gubernamentales que asumieron a principios del siglo XIX el reto de levantar Estados nuevos transformando radicalmente los procedimientos e instituciones coloniales.

La “construcción” del Estado en Venezuela fue un proceso traumático y sangriento, pero también cercano a un ejercicio fallido. Durante años algunas de las mentes más brillantes (Santos Michelena, por ejemplo) se desvelaron, sin saber realmente qué dimensiones tenía y dónde sus límites exactos,  ante el problema de cómo establecer un orden social “estable” con una población reacia a aceptar autoridades de una ciudad lejana que algunos ni siquiera habían escuchado nombrar. De esta forma nuestros primeros años son de fronteras variables y un problema básico del orden social que no se resolvió durante mucho.

Partimos de 1830, ya que antes Venezuela como Estado-Nación no existía, y aunque para que esta unidad nacional se de en forma efectiva hay que esperar más, podemos entender que luego de la separación de Colombia (la “grande”), Venezuela como república y su gente como ciudadanos de Venezuela, es decir, los habitantes venezolanos de cualquier territorio y sus gobiernos (que al final también son personas venezolanas) “parten” de septiembre de 1830.

Páez, muy disminuido hoy día, excepto (y como siempre) para hablar de sus méritos militares, conoció una gran verdad durante sus campañas: que los caminos son la clave para la integración del territorio. En sus campañas los caminos, o más bien la falta de ellos, le separaron de llegar a Oriente, y como a muchas personas antes y después que él, no era agradable hacer un viaje de semanas hacia una ciudad portuaria para luego ir a otro puerto y retomar el camino que le llevara a su destino final ya que no había vía directa entre tales poblaciones. Durante su gobierno se darán los primeros pasos reales para el establecimiento de una red de caminos. Si bien es cierto que Páez utilizó el camino de la dictadura y la perpetuación en el poder, no es menos cierto que a esto no escapó durante el siglo XIX más que por voluntad propia el General Soublette, y ni el mismísimo Bolívar (para algunos el sol de Latinoamérica y el mundo) puede escapar a estos reproches.

Así como la libertad de tránsito existió, el proceso de hacerla más efectiva se demoró más tiempo, la prensa libre y la libertad de expresión también sufrió. Aquellos períodos donde Leocadio Guzmán polemizó con Juan Vicente González son acaso uno de los momentos históricos más pintorescos y complicados. No entender que esas disputas eran parte de la libertad de expresión como también lo era el respetar la opinión de terceros trajo consigo nuevamente la visión (heredada del bolivarianismo) de que cualquier crítica es traición y como tal debe ser castigada. La prohibición de la prensa libre, la prisión para articulistas (entre ellos el polémico Guzmán), muestran un derecho poco respetado si se toma en cuenta que este no fue un hecho aislado.

Otra libertad muy golpeada, aunque se piense lo contrario, fue el derecho a propiedad (para muchos la base de cualquier otra libertad junto al derecho a la vida). La verdad es que durante años las propiedades gozaron un cierto respeto por parte de un gobierno nacional incapaz de aplicar sus decisiones en todas partes, pero generalmente no de los muy capaces caudillos regionales, quienes en las relaciones de poder que entonces predominaban, muestran algo semejante a una microfísica del poder orientada hacia la preservación de las estructuras caudillistas de dominación.

Vemos ya 3 libertades muy importantes, a las que haría falta agregar las de asociación y participación política, también muy vulneradas durante nuestro pasado, nos dejan con una visión complicada que requiere ocupar numerosas líneas adicionales. Es una lástima que no contemos con mecanismos o indicadores de libertad contrastables de forma sistemática entre los países. A lo más contamos con las leyes, decretos, y decisiones de entonces, pero esto implica tomar, mucho más que hoy, en consideración el trabajo que cumplían o no los Estados en hacer cumplir las mismas.

Sobre “Tierra de redentores” De Enrique Krauze en diario El País

Enrique Krauze se remonta al siglo XIX buscando las raíces de los “fantasmas” que hoy recorren América Latina. Ambos, heredados de aquellas fechas, han confluido notablemente en el pensamiento y la praxis de gobernantes, políticos, intelectuales y muchos más. Se trata de, en primer lugar: el caudillismo; en segundo: el culto a la revolución. La literatura latinoamericana del siglo XIX rechazó de forma resaltante ambas. Para los literatos postindependentistas latinoamericanos, el proceso de construcción de repúblicas implicaba la superación de ese hombre fuerte que predominaba en Latinoamérica durante esos años. Pero Krauze señala igualmente que todo pareció cambiar con el advenimiento de la revolución mexicana a principios del siglo XX, y el rechazo al caudillo se transformó en admiración al “hombre fuerte”. Sigue leyendo