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Juan Ramón Rallo contra el estatus quo.

Las redes en España se conmocionan con la noticia, un economista liberal ha sido el nuevo fichaje de la televisión pública. Las izquierdas se molestan, algunas llegan incluso a pedir su desincorporación. La Unión General de Trabajadores encendió la hoguera, reclamando que: “…se suspenda de inmediato cualquier relación laboral con Juan Ramón Rallo, es más, demandamos por parte de nuestra dirección que sepa quiénes son y qué deben defender, y que en consecuencia impidan la presencia de este señor en nuestras instalaciones.”

Pero por qué los hombres de la izquierda parecen reaccionar de manera desmedida frente a la que debería ser una oportunidad de demostrar cuán equivocados están los que ponen en duda de las ventajas de las políticas que la izquierda propone.

Existe una máxima tan antigua como la estrategia enunciada por Sun Tzu en el archicitado Arte de la guerra: “Hay rutas que no debes usar, ejércitos que no han de ser atacados, ciudades que no deben ser rodeadas, terrenos sobre los que no se debe combatir, y órdenes de gobernantes civiles que no deben ser obedecidas.” La última campanada de la UGT anuncia que algunos sectores de la izquierda están más que negados a presentarse al debate de las ideas.

La aspiración de los sindicatos en España.

Parte del problema se debe a que siempre han gozado de hegemonía en los medios de comunicación. En España, contrario a lo que se afirma afuera, existe una hegemonía clara de medios de comunicación de tendencia izquierdista. Probablemente sea una afrenta contra los paneles siempre complacientes, tan a gusto de las izquierdas que se dedican a enmarcar a las otras tendencias, la llegada a la televisión nacional de un personaje que destaca por ser precisamente incómodo para los marcos preestablecidos por el izquierdismo hegemónico.

Que un personaje de la talla de Juan Ramón Rallo entre en la TV pública de España debe representar para las izquierdas algo similar a lo que deben haber sentido los romanos al ver en el horizonte al general cartaginés Aníbal. Con gritos de “¡Aníbal ad portas!” los hombres y mujeres de Roma se hallaban despavoridos, encerrados en su propia ciudad, donde hasta ese momento se creían invulnerables. Claro, existen diferencias importantes, las izquierdas no han construido ninguna Roma, y Rallo no se presenta como un nuevo Aníbal.

JRR siempre ha sido un personaje polémico para el estatus, especialmente porque no teme tomar posturas claras. En sus minuciosos artículos y libros que pueden ser fácilmente catalogados como clásicos y de cabecera, Rallo ha sabido darle un aire al liberalismo. Antes los liberales no encontrábamos salida de las aulas, por falta de interés o por cierre de puertas, pero poco a poco Rallo ha conseguido levantar el cerco, y hoy encuentra eco en millares de personas que leen sus artículos.

No puede haber duda es que ya las izquierdas han recibido un golpe en lo que consideraba su Roma, los medios de comunicación, y la reacción no pudo ser peor. La UGT solicita que, con su desincorporación, se garantice el derecho a lo público. No deja de ser paradójico que se garantice lo público discriminando a quienes no comparten las opiniones de algunos. El asunto es que JRR no se encuentra sólo, al menos sociológicamente hablando.

Resultados recientes del Centro de Investigaciones Sociológicas muestran que, al menos, 12 de cada 100 españoles se afirman como liberales. Si es así, ¿por qué se debería impedir que ese 12 por ciento encuentre espacios en la TV pública? ¿No será que las izquierdas en el fondo están a favor de medios públicos únicamente cuando están en el gobierno, o gobierna un partido con el que pueden alcanzar compromisos acomodaticios? Creo que la llegada de Rallo a TVE puede abrir el compás político de una vez por todas, tal vez sea eso precisamente lo que se teme.

Hoy se recibe la noticia que ningún defensor consecuente de la libertad de expresión desearía, en un giro de sumisión a la presión de ciertos grupos, RTVE ha decidido desincorporar a Rallo del programa matutino. Tan sólo 10 minutos, de las 24 horas del día, iba a tener un personaje irreverente para contrarrestar horas y horas de impulso al intervencionismo en España.

Y este es sólo un dato en un canal, si se considera la gama de canales españoles, 10 minutos de una programación que goza de alrededor del 10% de sintonía al día permite apreciar lo exageradas de las reacciones.

Por supuesto, la salida de Rallo no es producto únicamente de la campaña negativa de la UGT. La complicidad de la línea editorial del canal sólo puede reaccionar así porque, además, comparte reservas ante el invitado. Muchos sectores de España se niegan a aceptar lo que Rallo demuestra, el Estado español es insostenible, y unas pocas reformas no van a resolver el problema. Tenemos que hacer saber a la gente que a políticos, mercantilistas, sindicalistas, es decir, a muchos en instancias de poder les repugna la idea de una sociedad más libre.

El temor a una sociedad más libre y su consecuencia, próspera, haría que muchas de las cosas a la que los ciudadanos se aferran por el miedo inculcado, esa desconfianza en el prójimo que hace que terceros deban inmiscuirse de principio a fin, perdieran sentido. Con ello, todos quienes sustentan su poder en el control y la dependencia de los ciudadanos, se verían desprovistos de la cortina que oculta una verdad enorme: las decisiones voluntarias y racionales entre las personas son definitivamente más libres y más democráticas.

Rallo defiende esto último, y por eso, se le aparta. ¿Qué es lo que no se entiende de Libertad de expresión?

Tan sólo un día se le permitió a Rallo colaborar en La Mañana.

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Liderazgos necesarios…

El mundo del marketing político se basa en la premisa de que los candidatos electorales pueden encontrar sus puntos débiles y fuertes a través de un análisis profundo de sus cualidades. Pero algo deja el marketing a un lado, y es que hoy, el mundo necesita de liderazgos claros, identificables para amplios sectores de nuestras sociedades; con olfato, esa característica tan peculiar, escasa y por lo tanto valorada; pero también con mucho oído, dado que el olfato y la vista pueden ir de la mano hacia el engaño de la mente, cegando.

¿Qué tiene que ver el marketing político con el liderazgo? Desde mi punto de vista, todo, puesto que los consultores a veces olvidamos que a través de nuestro manejo de las herramientas de consultoría política podemos facilitar el acceso al poder a una persona.

El problema es claro si entendemos que un apego irrestricto a la amoralidad de las herramientas, esto es, a una racionalidad tecno-instrumental que no tiene miramientos en quién hace uso de ella, puede favorecer el ascenso de líderes antidemocráticos y represivos que, usando el marketing, conseguirían perpetuarse en el mando.

Mi reto como consultor novato gira en torno a la supervivencia por medio de mi trabajo y el sostenimiento de una ética laboral que vaya paralelamente a un compromiso profundo con la libertad de las personas, no de los pueblos, ni los países, las personas; éstas son el centro de la política, de la economía, de la vida social, y guarda un lugar más preciado que cualquier otro aspecto de la humanidad.

Mi compromiso será tratar de cumplir lo primero sin entregar mi “alma”, trataré de hallar, en la medida de lo posible, con mucho esfuerzo, aquellos candidatos que busquen un ideal semejante. Quienes busquen proteger y expandir lo más importante, lo que nos hace humanos, para evitar responder a una última interrogante…

¿Qué sería de nosotros sin libertad? Espero nunca tener la culpa de que lleguemos a averiguarlo en ningún país, no me prestaré para eso.

La Libertad y los hipócritas.

Resulta un asunto bastante extraño el hecho de que los mal llamados progresistas, generalmente enemigos del progreso, se declaran abiertamente defensores de la libertad de las personas en temas morales y políticos, pero con el mismo énfasis se asumen también como enemigos acérrimos de la libertad económica.

Contrariando la idea de libertad como un todo, la progresía suele defender el derecho inalienable de las personas a elegir, por ejemplo, su credo y orientación sexual, cosas totalmente respetables; sin embargo, son timoratos, cuando no enemigos, en lo referente a que las personas retengan el dinero producto de transacciones laborales, asociaciones, e incluso operaciones sencillas de compra y venta.

La libertad, para los progres, aunque no lo admitan, es claramente un asunto divisible que, dependiendo del público objetivo, puede ser delimitada en mayor o menor medida. De qué otra forma, si no ésta, se puede apreciar, una planificación racional debe convertirse la herramienta de todo progresista. De qué otra forma se va a igualar a los que, dejados a su accionar, serían desiguales. Pero esta igualación forzada implica discriminar a sectores de la sociedad. La paradoja del igualitarismo es que discrimina, incluso en forma más profunda y consciente a los ciudadanos.

Existe una diferencia fundamental entre tratar igualmente y tratar de igualar. Tocqueville hace más de siglo y medio se dio cuenta de la gran tentación que parecía apoderarse de los políticos, y que hoy nosotros vemos diseminada por el mundo. El dictador benevolente, puesto que no hay otra forma de llamar a quien impone una decisión en base a la idea del hipotético beneficio colectivo posterior, es hoy la forma más frecuente, y casi única, de político en el mundo.

En el fondo, la progresía oculta un ansia profunda de discriminación. Ya sea estableciendo cuotas, en base a una siempre caprichosa lógica de los géneros, el color de piel, y seguramente pronto en la procedencia, o dedicando presupuestos a ayudas asistenciales (me rehúso a contribuir con el mal uso del término social, como si fuera sinónimo de asistencialismo gubernamental y de la lógica socialista)  que nunca solventan el problema de fondo; las izquierdas de todos los sabores constituyen un ejemplo clarísimo de hipocresía política.

Propulsores de los sistemas más “solidarios” del mundo (donde ellos obligan al resto a ser solidarios con personas necesitadas), al apreciar que ni en los países mejor administrados del mundo pueden sostenerse este tipo de políticas, ejecutan un repliegue táctico hacia posiciones más radicales que los nostálgicos de la guerra fría, y los hijos asumidos de ese sinsentido postmoderno que es el fin de las ideologías, ven como tibias.

Pero no se puede obligar a ser solidario, puesto que los impuestos que se orientan a estos fines parten de la idea misma de que no se puede permitir elegir a la gente ante la posibilidad de que obren de forma no-solidaria. Para un dictador benevolente, sería altamente egoísta que una persona retenga el dinero que de otra manera iría a políticas asistencialistas.

La lógica socialista dictamina que no se puede permitir tal disyuntiva, por lo que el gobierno impone categóricamente la respuesta: los ciudadanos serán “solidarios”, quieran o no. Se podrá argüir que existe la posibilidad de evadir impuestos, pero en la medida en que conducen a la cárcel, no es que se pueda decir que son una alternativa factible, al menos en los países más desarrollados.

Un ejemplo claro se da en el gobierno actual alemán. Como se sabe, producto de un mal resultado electoral de los socios naturales de los conservadores, se produjo una “gran coalición” entre conservadores y socialistas. Traemos el caso porque los alemanes suelen ser personas honestas, incluso los socialistas alemanes. Por eso, no es de extrañar que el proyecto presentado por el Ministro de Economía alemán para expulsar inmigrantes desempleados por más de 3 meses fuera elaborado por el mismísimo Partido Socialdemócrata Alemán (SPD en lengua nativa).

Se trata de algo que no querrían reconocer los socialistas de otras latitudes (tal como sucede con su proximidad al fascismo, falangismo, y nacionalsocialismo): los partidos socialistas, para recuperar o mantener su electorado sindical o de trabajadores independientes podrían, sin dudarlo, aprobar proyectos claramente discriminatorios con los trabajadores de otros países. Se trata de la xenofobia socialista, que, si se toman la molestia de consultar, está presente en el marxismo, y que las tendencias moderadas trataron de ocultar, olvidando que también las izquierdas pueden exterminar poblaciones enteras en base a diferentes criterios.

Esto se explica sencillamente, los partidos socialistas sufrieron durante los últimos 24 meses los retrocesos electorales más grandes de toda su historia. Claro, sorprende también que tras más de 20 años del colapso del socialismo, apenas hace dos años que el socialismo sufre varapalos en el resto del mundo. Se podrá argüir que este es otro estilo, otra forma de entender el socialismo, pero la realidad es que el socialismo en sí, sea gradualista o revolucionario, donde se implementa, fracasa.

Pero no posterguemos el asunto, y volvamos a entrar en el tema de la hipocresía izquierdista de hoy. Los tirios y troyanos de la izquierda siempre tratan de deslindarse de los fracasos de su política. Cuando un país que ve reducida progresivamente su libertad, ve como aumenta exponencialmente su pobreza y atraso, la izquierda generalmente encuentra que se trata de una falla en la implementación o, dependiendo del grado de trasnocho, de un enemigo interno o externo.

La solución casi siempre es la misma, más de la misma medicina, es por ello que los casos de reformas estructurales adelantadas por partidos de izquierdas en las últimas décadas del siglo pasado, fueron tildadas de “neoliberales” y por qué, en muchos casos, se ha crucificado a las figuras de la izquierda que asumieron que el sistema no daba para más y que si se quería salvar en alguna medida la esencia, debía ajustarse un poco su forma.

Como vemos, si el falso discurso sobre la libertad es la primera hipocresía, la segunda tiene que ser claramente esa “amnesia” sobre el pasado. Será labor de quienes nos oponemos a estas hipocresías, desenmascararlas, y con ello permitir que las cosas comiencen a llamarse por su nombre y lograr salir del marco que durante décadas la izquierda ha impuesto en el “debate” de las ideas.

Por ello, es fundamental progresar en el rediseño de los conceptos, desentrañando las terribles falacias del socialismo, para poder cambiar el terreno de debate. La orografía donde se dan los debates de las ideas, hasta ahora ha respondido siempre a los caprichos de la izquierda que se vale de herramientas sumamente productivas para su causa.

Todo ello sin olvidar lo fundamental de evitar hablarle solo a los intelectuales, recordemos que existen muchas más personas que tienen otros oficios y que son ellos quienes deciden realmente a diario quién triunfa realmente en las sociedades: la envidia, o la libertad.

Violencia y propiedad

 

Creo que la razón de fondo de toda la violencia y daños que se están presentando en Venezuela tiene un origen muy claro, Venezuela, más allá de la educación del hogar, no cuenta con instrumentos de refuerzo a la idea de la propiedad. Evítese caer en los prejuicios típicos de quienes tienen posturas doctrinarias muy limitadas en torno a la idea. En Venezuela, más allá de lo que nuestros padres o ejemplos familiares nos inculquen consciente o inconscientemente, no podemos decir que existan mecanismos que fomenten la internalización del respeto a la propiedad de cada quien.

 

Y cuál es la noción más básica, filosófica, casi natural de la propiedad si no es la idea de que cada persona es propietaria de sí misma. Seres radicalmente conscientes, que poseen unas características similares, aunque no idénticas a los otros, provistos de lenguaje y razón (aunque no se compartan por todos), con valores e intereses infinitos. Se trata de una idea tan simple, que arraigó en un sinfín de culturas y que tiene su origen en el contacto humano cooperativo que nos permitió superar la barbarie.

 

Venezuela, así como muchos países, sufrió durante años (siglos tal vez sea más adecuado) de una puja entre el primitivismo y la modernidad. Esto fue lo que apreció Rómulo Gallegos y trató de transmitir a través de la palabra escrita. Pero el salvajismo perduró. Gozamos de islotes de paz, tranquilidad y prosperidad en base a ideas de una Venezuela que realmente no existía. Compramos con falsa abundancia la tranquilidad de los saciados.

 

El problema está en que muchas personas, especialmente en los puestos de decisión consideran la idea simple de que cada quien es propietario sobre sí mismo como una proyección economicista, cuando la verdad es que tiene raigambre filosófica más que económica. Básico, ser propietarios no obliga a asumir responsabilidades, esto incomoda a propios y extraños, la responsabilidad parece ser una carga que pocos quisieran asumir (no hablemos ya de respetar la responsabilidad de los demás).

 

George Bernard Shaw, más recordado por sus novelas y citas descontextualizadas que por su vanguardista apoyo a la erradicación física de los indeseables de la sociedad consideraba que en la responsabilidad radica el miedo a la libertad. Permítasenos concordar con Shaw únicamente en este último aspecto.

 

Ahora bien, de ser así, simplemente haría falta una adecuada política educativa que incida transversalmente en la formación de los ciudadanos de todas las edades. Pero la verdad es que no es así.

 

Los efectos de la educación en el tema del respeto de la propiedad básica de los seres humanos, y el consecuente de las propiedades extendidas, no pueden prosperar en un entorno donde haya incentivos tan perniciosos como en Venezuela. Sucede que en Venezuela están dadas las condiciones para que un finlandés, danés, noruego, o japonés transforme sus actitudes. No hablo ya de asesinar, sino de aspectos fundamentales del largo plazo.

 

Las perspectivas en el país se han alterado de tal manera que nada es previsible salvo el desastre. La inflación no cede sino que aumenta, y no bastando con ello, aprovechando cierto olfato político y unos valores bastante pobres, el gobierno nacional ha promovido los saqueos organizados. Obligando a reducciones de precios, el gobierno nacional busca promover lo que se podía olfatear con el establecimiento del control de cambio, la destrucción del sector empresarial. El pretexto del dólar preferencial no es suficiente, la economía es dinámica y está sometida a criterios de escasez relativa que se manifiestan en los mercados libres.

 

1.

 

La alergia al mercado, a la libertad de producción e intercambios no es una creación chavista, es algo enquistado en el alma de las corrientes políticas tradicionales de nuestro país. La estabilidad de los 40 años de democracia previa al chavismo fue un logro reconocible, pero si se considera el decreto de suspensión de las garantías económicas semanas después de la ratificación de la constitución de 1961 deben arrojar luces sobre el tema.

 

Cómo es posible que tras años de esfuerzo, una generación política respalde la suspensión de una constitución producto de sus propias propuestas. La historia venezolana sirve de pretexto, la lucha armada imponía condiciones particulares. Pero esto no es razón suficiente, puesto que quienes apoyaron la atribución de vulnerar la propiedad privada para luchar contra la insurgencia no se detuvieron a contemplar el hecho de que esa misma insurgencia no se componía de grandes propietarios, ni mucho menos estaban apoyados por ellos, cuántas hectáreas de tierra, ¿cuántas empresas, industrias y comercios, eran propiedad de los Petkoff, Bravo, Rodríguez, y compañía? Digo, como para justificar que se suspendieran las garantías y poder actuar contra los guerrilleros-propietarios.

 

La verdad es que los artículos económicos de la constitución fueron letra muerta hasta la eliminación de la suspensión de garantías económicas casi 30 años después. ¿Acaso la lucha armada, esa aglomeración de intereses del gran capital, asociado a la izquierda marxista seguía en su apogeo tras la pacificación de los 70? Tan solo 30 años después se restituyen estos aspectos de la constitución. Una generación entera no vivió bajo las garantías económicas, pero ni lo notaron, la opulencia de aquellos años permitía omitir estos aspectos.

 

Durante casi dos décadas Venezuela gozó de crecimiento económico permitiendo incorporar a millones de personas a los sistemas educativos y de salud de forma casi gratuita, debido a que gran parte de ellos se financió con renta petrolera. El sueño venezolano, la Gran Venezuela, pareció posible. Empresarios gozaron de respeto de facto, subsidios, créditos blandos, impuestos bajos y una inflación baja; los obreros de salarios cada vez más altos, con buena capacidad de compra, servicios públicos de estreno; finalmente, los partidos políticos y el gobierno se reservaron el financiamiento público de sus organizaciones, las nóminas estatales, los bienes administrativos de los distintos niveles del gobierno, y la capacidad para incrementar su injerencia y beneficios cuando así lo consideraran.

 

Esta fórmula funcionó muy bien durante los primeros 20 años, los sectores se repartían porciones variables, pero siempre existentes, de la riqueza, mientras que quienes determinaban el tamaño de esa torta estaban fuera del país demandando nuestras materias primas, o dentro de nuestras fronteras intentando casi románticamente rechazar las prebendas estatales o aprovecharlas de la manera más honesta posible. Luego llegaron las crisis.

 

Los precios bajaron, pero no se asumió, sino que cualquier cambio se postergó indefinidamente por inviabilidad política de los mismos, el resto es historia conocida. A los venezolanos nos llegó el fin de siglo y con él trajimos a la combinación de todos los males en un solo movimiento: el chavismo.

 

2.

 

El chavismo es en esencia antirrepublicano, y antidemocrático en el sentido moderno que tienen estas palabras. El chavismo son montoneras, como las de antaño, pero generalmente se valen más del voto que de las armas. Al chavismo no le interesan las minorías, a menos que se trate de su voto más fiel, sino una gran mayoría de venezolanos, con necesidades y expectativas insatisfechas desde hace años que constituyen su esencia. El chavismo no es paz, sino revanchismo, es la voz de todos aquellos que gozaron de la Gran Venezuela y de repente comenzaron a ver que las cosas no iban tan bien como antes.

 

¿Cómo puede esperarse que en este tipo de entornos prosperen los derechos de propiedad sin la adecuada voluntad política para apalancarlos? Venezuela, acostumbrada desde hace mucho al enfoque de arriba-abajo, no parece presentar tampoco las iniciativas de desarrollo de abajo-arriba. La concentración de atribuciones y facultades en el gobierno, la visión de que si hay desempleo se debe legislar para crear empleos desde la nada, el “si me va mal hablo con un amigo que es del partido” es tan nociva como cualquier impuesto. Son los incentivos que hay.

 

Y no se olvide el sin fin de problemas culturales. ¿Cuándo el posicionar a un familiar en un cargo deja de ser corrupción? Pues resulta que esto no se ve así en la familia venezolana. Es un deber, estando en una posición de poder, apalancar sí o sí a los familiares, esto no es visto como corrupción, sino como solidaridad. Porque si no se ayuda, se cae en la escala de la familia, sino “palanqueas” al otro eres mala persona.

 

El mérito ha ido perdiéndose en una maraña de palancas, obstáculos, delincuencia, inflación y demás. Todavía queda gente con méritos, cómo no, hasta en Zimbabue los hay, pero lo esencial es que ser honesto es cada vez algo menos cotidiano. Chávez no falló en esto, lo extraordinario se hizo cotidiano.

 

Esto nos lleva al último aspecto, que conecta con el comienzo, las muertes violentas en Venezuela eran hace 20 años una rareza, hoy día son la norma. Y no se puede alegar que se trata de los medios de comunicación, el chavismo en esto es casi hegemónico. Se trata de que cualquier mirada superficial a la data disponible muestra que Venezuela es hoy más violenta que en ningún otro momento del siglo pasado. Pero, ¿por qué sucede esto? Muchos alegarán que es la falta de educación, otros más atrevidos dirán que es escasez de cultura ¿?

 

Sin embargo, creo que es algo que le subyace a los niveles educativos y está enquistado en la visión de mundo de cada día más venezolanos: la propiedad de cada quien sobre sí mismo es un derecho exótico, cuando mucho un lujo en las circunstancias actuales. La propiedad es un lujo porque ingenuamente se creó la idea durante décadas de que tener es lo mismo que ser, y el ser es más importante que nada, si no tengo no soy. Para un país donde pocos tienen, la respuesta fue muy obvia, debe corregirse eso desde el gobierno.

 

Pero no se puede dar lo que no se ha creado, y el gobierno suele ser incapaz en el terreno de la creación, por lo que es necesario recurrir a quienes crean, se trata de la lógica primitiva del socialismo. La lógica expresa del socialismo es que nadie, en teoría, debe ser más que nadie y para ello el gobierno, encarnado en la forma que sea, debe intervenir para tomar del que tiene para darle al que no. Como se ve, es una idea muy simple, que se puede explicar a cualquiera.

 

Lo que sucede es que ni aquí ni en ningún lado esta idea ha conseguido traer prosperidad a todos. A la larga el socialismo no solo es inviable, sino altamente destructivo. En un país con una debilidad institucional como Venezuela, los efectos solo han sido mitigados por las ingentes ganancias de la renta petrolera. Pero nada puede durar para siempre. A mayor ganancia más gasto, y cuando los recursos se terminan, se procede al endeudamiento. Como puede verse, es la misma vieja historia, pero con nuevos actores.

 

Nuevamente, el gobierno, no solo en Venezuela sino en general, es incapaz de solventar la pobreza. Pero llevando lo que se había visto en los discursos de la izquierda criolla durante décadas, decide transmitir la idea de que no solo es injusto que exista pobreza y que esta es resultado directo de la riqueza de otros, sino que es moralmente legítimo que quienes no posean tomen por la fuerza.

 

El gobierno nacional dice que en el capitalismo no hay vida decente, que la pobreza es resultado de esto y que los desposeídos de este planeta deben tomar la justicia por sus manos cuando los gobiernos se la nieguen por defender a los intereses del capital.

 

Y he aquí que quienes asesinan lo hacen por una idea, se trata de la noción de que a ellos les fue negada una vida feliz, decente, y que no basta con tomar las pertenencias de alguien, nada de ello les hará recuperar el tiempo perdido y las vejaciones sufridas. Solo les queda una salida, no es óptima, pero es aceptable, y es que al tomar una vida están nivelando la balanza haciendo sufrir a los culpables del sufrimiento propio un infierno si se quiere compensatorio, y en última instancia, nivelador.

 

Esta es la afrenta más radical que puede haber contra la propiedad en su forma más básica e indispensable, se trata de un atentado contra la vida.

 

 

 

Hacia los dos meses de Maduro…

ImageEl gobierno de Maduro parece haberse consolidado, tras meses de vaivenes en los que la tensión se sentía en el ambiente, el chavismo parece haber logrado recomponer sus actores y alinearse de cara a un escenario en el que el peor resultado posible, una división clara en el oficialismo que permitiese la llegada de la oposición a la presidencia, luce ya muy lejano. De cualquier forma, no sabemos cuán profundas son las diferencias y hasta cuándo pueden aguantar los actores del chavismo con tal de no apartarse del mando.

La crisis económica sigue sin parecer demasiado incómoda ante las personas, en esto el venezolano goza de una aparentemente inagotable capacidad de acostumbrarse a las peores situaciones. Resulta inconcebible que con los niveles de producción mundial, en Venezuela se presenten situaciones de desabastecimiento crónico. Desde el gobierno se han implementado las medidas más ineficaces, siempre omitiendo el núcleo del asunto: la escasez de divisas que los productores requieren, y la enorme desconfianza generada hacia la inversión (de donde provenga, con excepciones para quienes se asocian “estratégicamente” con las instancias de poder).

Asimismo, hay que hacer especial énfasis en este último punto. Las sociedades están basadas en la confianza. En sociedades donde la confianza impera no se hace necesario desconfiar del vendedor que está ofertando un auto nuevo, ni de las personas que transitan una calle donde en ese preciso momento se está haciendo un retiro en un cajero automático, pero más allá de eso, en el fondo de la confianza se halla la reciprocidad inconsciente entre las personas. Esta reciprocidad tiene mucho que ver con la naturaleza humana, parte del principio de respeto al otro en cuanto otro, propietario de sí mismo, y responsable sobre sus decisiones.

Habermas y Hoppe, dos mentes altamente dispares en cuanto a principios se refiere llegaron a una misma conclusión: desde el momento en que las personas entran en relación social, se reconocen inconscientemente como propietarios de sí mismos. Se trata del orden natural más primigenio, es el antecedente de cualquier institución, y más aún, puede ser la base de cualquier institución del orden civilizatorio basado en la voluntariedad y el respeto de las personas. Ambos, como Hayek, encontraron que el orden social no se basa en el miedo, sino en la confianza. Se trata de la confianza más básica posible, el respeto al prójimo.

Esto no quiere decir que se nieguen las relaciones de poder, sino que, en una alquimia que precedió a cualquier teorización, cualquier acuerdo racional, cualquier debate entre tendencias, el primitivo ser humano encontró la forma de asociarse y colaborar de forma voluntaria en pos de una mejora individual. El poder sigue ahí, pero adquiere más bien una forma distributiva que de suma cero, sin negar la posibilidad de relaciones suma cero entre los componentes de una asociación humana.

Creo que ante la posibilidad de ser apartados del poder, el chavismo prefirió la colaboración. Cual dilema del prisionero resuelto de forma racional, el chavismo optó por encerrarse dentro del cuadrante II. Decidieron colaborar, casi únicamente por la fuerza de una amenaza: perder el poder ante la oposición podría poner en movimiento palancas políticas incontenibles para un chavismo en retroceso. De cualquier forma, esta situación ganar-ganar pareció algo muy endeble los primeros días del gobierno de Maduro, y mucho más tras la elección manchada del 14 de abril de 2013. Sin embargo, creo que es posible considerar que la fase Maduro-Cabello de la revolución se ha asentado.

En primer lugar, Maduro ha conseguido obtener legitimidad a nivel internacional. La reunión con el secretario de Estado John Kerry ha permitido mandar un mensaje claro al mundo, que sin importar lo que haya sucedido en la elección el gobierno de la primera potencia mundial ya da por presidente a Maduro. Este tipo de legitimidad era de lo que hasta esa reunión, careció.

De igual forma, los gobiernos de Colombia y España ya habían dado el visto bueno al gobierno de Maduro, reconociéndolo (si bien el gobierno español no llegó en línea recta a esta conclusión). Queda claro el mensaje, para los países más importantes, Maduro es presidente, con trampa o sin ella, evitar cualquier conflicto es primordial, y ante la duda, respaldan la continuidad de la gestión en una actitud conservadora, pero muy comprensible.

Luego, la segunda razón es que a lo interno, y a pesar del problema general económico, y algunos ánimos caldeados que quedan, el momento político ya terminó. Todavía queda por ver las consecuencias reales de la postura adoptada por la Mesa de la Unidad Democrática, especialmente de su líder Henrique Capriles. Para la oposición, a la expectativa durante días, aparece en el horizonte una nueva meta: el anuncio de elecciones municipales encendió las alarmas de muchos candidatos, desplazando las presidenciales en la lista de prioridades,

Se trata de una movida inteligente, pero no debe sorprender a nadie, el uso de las elecciones fue un recurso muy común con Chávez, el rendimiento obtenido es un argumento más que convincente para recurrir a ella. De elección en elección la oposición tropezaba una y otra vez con la misma piedra. Por supuesto, es posible que el resultado tan ajustado permita bajar los ánimos, aunque en el chavismo la reacción parece ser en pos de una radicalización del proceso, expresada muy claramente en los despidos en el sector público y las amenazas a trabajadores y posibles votantes tránsfugas del chavismo.

De esta forma, queda por ver lo que será el desarrollo en los próximos meses especialmente desde el lado opositor, donde las posibilidades de incrementar su participación en los cargos de elección popular, lo que viene a ser un asunto de vida o muerte para algunos partidos que dependen de posicionar equipos y liderazgos dentro de las estructuras administrativas del Estado.

El trickle down chavista…

Como ya lo he comentado antes, considero que para entender el chavismo y la Venezuela que vivimos-heredamos, hay que recordar el origen, la propuesta, y el camino marcado por la figura presidencial. Si no se atiende a los detalles, podemos correr el riesgo de perder elementos importantes para un análisis completo. Pero para ello, tenemos que entender que el chavismo no es una construcción meramente personalista. El chavismo o mejor dicho los componentes fundamentales de lo que llamamos así, es un producto social en el sentido de haberse creado, desarrollado y difundido a través de relaciones sociales como cualquier otro esquema de pensamiento.

Considero que el chavismo, como concepto merece un tratamiento más serio que aquél dado durante el tiempo ingenuo en el que se le consideró, grosso modo, simplemente en base a una frase: “seguir a Chávez en lo que sea”. Tal como se mencionó previamente, el final de la vida de Chávez trajo consigo el inicio de la fase “trascendental” de la visión de mundo chavista. Al estar asociado con Chávez, y su conducta altamente polarizadora, el chavismo avanzó lentamente durante 14 años en la penetración del imaginario colectivo. Tras la muerte del líder el símbolo se rompió y, tal como en sus discursos del estilo “tú también eres Chávez”, efectivamente el discurso se trasladó a los actores políticos.

Este aspecto es fundamental y debe quedar en claro: el chavismo es más que un culto al líder. Mantiene las características de un culto, pero no se agota en él, a modo del aufheben hegeliano, lo incluye “mejorándolo”. Pero también agregándole con otros elementos. No es posible negar con argumentos lógicos que el chavismo comporta una visión de mundo, ni mucho menos que es producto de un diagnóstico tendencioso ya refutado por los resultados obtenidos en otras latitudes. Pero lo importante de esto último es que también impulsa una forma de gobierno y de ejercicio del poder que se aprecia en el discurso. Resulta preocupante para algunos, entre quienes me encuentro, que durante mucho los analistas de diversa índole rechazaron darle un tratamiento de profundidad a este asunto al enfocarse en fenómenos como el uniforme del líder y las corruptelas del día en la gestión.

La construcción de la imagen del líder consiguió apropiarse del discurso clásico de la izquierda mundial. Originalmente subordinado a otros temas, el izquierdismo, entendido como antagonista en lo político y económico al capitalismo y sus defensores, estuvo siempre acompañado de una gama de temas enmarcados en la lógica electorera del discurso “atrapa-todo” con la única idea de conseguir la presidencia de la república (de manera mucho más evidente tras el congreso de 1997 del MVR donde deciden adoptar la lucha electoral).

El izquierdismo del chavismo es sincero, pero no puro. Se trata de elementos que cohabitan en el imaginario del chavista pero modificando componentes que puedan parecer contrarios a los axiomas sagrados de la máxima religión nacional: el bolivarianismo. Este cambio a los principios fue tal que controló la conflictividad interna, mucho más ante una realidad compleja y desafiante con las explicaciones típicas de la izquierda política. Sucede que esto último es curioso porque el paso de los años ha obligado a gran parte de la escena izquierdista mundial no tanto como rechazar, como dosificar las actitudes que en el siglo XX desencadenaron desde estancamiento hasta asesinatos masivos.

Pero el izquierdismo de la oposición no es menos sincero. La mayor parte de la oposición considera que Venezuela tiene un problema de gestión, o mejor dicho mala gestión, y no, como plantean otros entre quienes me incluyo, que el patente fracaso nacional se debe a tendencias inherentes al sistema predominante que hoy, como ayer, frena el desarrollo y las potencialidades del país, y más importante, reprime las capacidades humanas de quienes habitamos en Venezuela. Chávez conocía esta realidad, y en conjunto con su tren gubernamental se esforzó, incluso antes de llegar al poder, por valerse de un mito y un enemigo de cara al alcance y ejercicio del poder en Venezuela. El mito fue la revolución bolivariana y socialista, cumpliendo con el pasado y futuro del país en un mismo concepto. El enemigo fueron los actores políticos tradicionales, los gremios, sindicatos y demás componentes asociables a la debacle pre 1998.

Hoy presenciamos como la retórica se ha movido desde un desprecio a la figura de Chávez hacia un desprecio de la figura de Maduro. Chávez ha desaparecido físicamente, pero su simbolismo se ha convertido en el nuevo botín en disputa. El chavismo tradicional parte en clara ventaja, son, por así decirlo, sus herederos políticos; pero la oposición ha dejado hace largo su crítica superficial tradicional, hacia una crítica novedosa a la gestión, aunque igualmente superficial.

La oposición se encuentra hoy ante un problema de identidad, un problema que no ha notado, y que quienes lo notan, desprecian como poco importante. El concepto de progreso es un cascarón vacío en el que se incluye cualquier mensaje electorero. No es nada nuevo, dado que el progresismo, cuando no abiertamente izquierdista como en España y Estados Unidos, está desprovisto de cualquier significado concreto.

En esto, la oposición, al asumir el progresismo como “ideología” y habiéndose afirmado como progresistas sus principales actores, ha abierto la puerta a la libre interpretación del concepto. El Progreso y todo lo relacionable con él es lo bueno, y ser progresista por asociación lo es más aún porque ¿qué puede ser más bueno que aquel bien, encarnado y autoproclamado? Especialmente en un mundo que “a todas luces no es el mejor de todos los mundos posibles”. Con el progresismo la oposición se abre paso a la victoria electoral, pero al abrir las puertas del triunfo ha dejado entrar también los elementos chavistas predominantes en la política nacional; el uso del gobierno como herramienta de dominación, y la oferta de beneficios, entendidos como derechos, han sido incorporados, reforzando la creencia predominante en los opositores de que Venezuela tiene un problema de mala gerencia no de proyectos de país.

Nuestro discurso político gira entorno a esta idea principal. Pasamos del odio a Chávez a su incorporación inconsciente dentro de las ideas esgrimidas. La coyuntura actual nos permite hacer un uso masivo y sumamente eficaz de esta idea, tal como mencioné en líneas anteriores el ataque se ha orientado de la figura de Chávez hacia las figuras que antes le acompañaban y a los que chavistas y no chavistas siempre consideraron culpables del desastre causado por las políticas implementadas en Venezuela. Esta visión, alimentada casi incesantemente por Chávez durante 13 años se ha impuesto en las bases, por ello el título del presente artículo se refiere al efecto que economistas y sociólogos daban a una forma peculiar de expectativas de repartición de los beneficios económicas en un país tras las reformas estructurales de los 80 y 90 en la que la riqueza en el tope de la sociedad terminaría por descender a los demás grupos sociales.

Creo firmemente que es posible interpretar la entrada de la mentalidad chavista de la misma forma, al ser asumida por los liderazgos opositores y medios de comunicación en general, se impulsó su llegada a segmentos intermedios e incluso de bajo ingreso que habían resistido en base a la visión opositora original que rechazaba todo lo propuesto por el chavismo. La explosión resultante de la muerte de Chávez solo logró darle mayores bríos al proceso por lo que hoy nos vemos con dos sectores chavistas, unos abiertamente y otros discretamente y aun sin saberlo. Por ello no dejo de pensar que el chavismo está vivo y seguirá así por mucho tiempo. Cada vez que un opositor piensa que Chávez estaba en lo cierto y que el error estaba en quienes le rodeaban se afirma más el punto.

Lo cierto es que comunicacionalmente hablando
la muerte de Chávez no pudo ser manejado de forma más disímil entre el gobierno y la oposición. El manejo de la oposición, bastante comedido, no puede más que celebrarse; por el contrario, la manipulación del chavismo resultó en un descenso vertiginoso del apoyo inicial. En comunicación política se asume que generalmente las crisis tienden a plegar a los indecisos hacia el gobierno, pero ya se demostró que no siempre es así. Debajo de esta afirmación debe agregarse, para enfatizarlo como es necesario, una nota al pie donde se explique que esto último no aplica en los casos de manejo desastroso por parte del ente gubernamental.

Aprovechando la posible atención que un texto como este consigue en la mente de un opositor, e incluso en el simple venezolano apartidista (que no es lo mismo que apolítico, basta ya de confundir los conceptos), debe quedar en claro de que ya se ha naturalizado ante nosotros la mentalidad chavista. Vemos con buenos ojos que el gobierno controle precios, entregue dólares subsidiados a grupos privilegiados, y se aumente por decreto el salario. No bastando con ello también se piensa que el gobierno tiene la prerrogativa de decidir sobre casi cualquier aspecto de la vida, desde dónde vas a estudiar hasta con quien puedes casarte, desde cuánto vale tu dinero el día de hoy a cuál es el contenido educativo que se le imparte a los niños. Para el venezolano todo lo anterior es normal, llegando al punto de asumir como pecado la llegada de inmigrantes a nuestras tierras porque básicamente vienen a replicar en forma moderna, el pecado orignial de los españoles: destruir la vida tal como se conocía antes de su llegada.

Creo que no puedo cerrar las últimas líneas aprovechando también que el venezolano promedio, ante cualquier posible similitud con un sector que es conocido por sus dificultades para dialogar, construir acuerdos y generar beneficios colectivos sustentables para Venezuela siempre tendrá la oportunidad de exigir algo diferente, de pedir cuentas a quienes gobiernan y aprovechar sus derechos individuales. Quizá llegue el día en el que una mayoría conciente esté al tanto de sus posibilidades y se atreva a construir lo que hasta ahora ha demandado a otros hacer. Si ese día se acerca, no parece muy claro, pero cuando llegue, si llega, muchos estarán preparados y dispuestos para representar a esa rara avis que es el venezolano plenamente responsable.

El chavismo sin Chávez

Luego de los resultados obtenidos por el chavismo el 7 de octubre de 2012, en medio de la resaca tras la derrota en una situación que creían, a todas luces, favorable para el candidato opositor, muchos analistas de oficio y amateurs pensaron que el escenario se complicaba de nuevo. Sin embargo, no dudaron en tener esperanzar claras ante una eventual complicación de la enfermedad del presidente Chávez, que ya se hacía evidente durante su campaña presidencial, lo que imposibilitaba el ya tradicional recorrido de Chávez junto a sus candidatos para potenciar su elegibilidad.

Chávez, recorriendo el país con cada elección, garantizaba al presidente en campaña permanente y, fungiendo como pilar, en el llamado efecto portaaviones, permitía a los candidatos chavistas gozar de un respaldo sin parangón en la política venezolana. Esa lógica contribuyó, aunque aún no se sabe la medida, a las victorias aplastantes en las elecciones regionales y se asumía como garantía de lo mismo en las recientes del 16 de diciembre de 2012. Chávez, y sus allegados hábilmente eligieron una táctica diferente, se harían 3 elecciones diferentes, en las que la primera, donde Chávez se jugaba la presidencia señalaría el camino de la siguiente, y por un efecto de acumulación de derrotas, barrería con la oposición en casi todo el territorio nacional.ES0752C-VENEZUELA-POLITICA-ELECCIONES_PREIMA20121007_0863_37

No es difícil imaginar la lógica que se derivaba de ese argumento, Chávez aparece como el político más decisivo en la historia reciente venezolana, su presencia lleva al paroxismo el fanatismo por una persona. Chávez es el norte y sur, es el sol y la luna, no solo para el chavismo, sino para muchos opositores también. Hemos llegado al punto en el que Chávez se ha convertido en símbolo, y por miedo a perder lo construido hasta hoy, los opositores con capacidad de decisión prefieren omitirlo a luchar contra lo que representa.

Pero lo más grave no es esto, es que el mal cálculo político (o la incapacidad, que en dado caso sería peor) volvió a pasar factura a la oposición. Se creyó que con un Chávez desactivado las chances eran mayores, pero si se ve el resultado, la oposición retrocedió en el número de cargos electos a nivel gubernamental. Si bien la proporción en cuanto a votos fue similar a la obtenida por la oposición 3 meses antes, se perdieron gobernaciones importantísimas (Zulia, Táchira, Carabobo, Nueva Esparta, y si se es laxo con el origen de los gobernadores, Monagas), a cambio de mantener dos claves (Lara y Miranda) y Amazonas.

El argumento de la abstención es casi ridículo, decir que la oposición salió desfavorecida porque sus electores se abstuvieron es tan válido como el de un chavista que diga que su victoria no fue más aplastante porque hubo traidores a la revolución que no fueron a votar. Siendo claros, la abstención afectó a ambos sectores, y solamente ayudó a denotar que, como es costumbre, las gobernaciones movilizan menos a la gente que la presidencia, y la presencia de Chávez moviliza para ambos lados, esto es, a favor y en contra.

También es fundamental entender otra cosa: todos aquellos que creyeron que el chavismo desaparecería tras Chávez deben revisar profundamente su cosmovisión sobre el chavismo. No solo existe el chavismo sin Chávez, sino que es capaz de ganar elecciones de forma notable. Se podrá alegar que se ganó Miranda, Amazonas y Lara, pero eso puede ser consuelo momentáneo, la verdad es que salimos mal parados y ahora la MUD y la unidad más allá de ella afrontan meses claves. En algunas entidades ya se aprecian resquebrajamientos claros, la incapacidad para mantener un respeto a los resultados de las primarias es un reto de primer orden que no parece andar por buenos caminos.

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El chavismo sin Chávez no solo es una realidad, sino que, por lo que parece, estará entre los venezolanos por mucho tiempo, bastante más allá de la presencia física de su emblema-creador, y por más tiempo de lo que algunos analistas opositores piensan. Hasta donde esto es culpa de cada quien es un tema que no compete a estas últimas líneas, sin embargo, dilucidar esto no debe dejarse para otros tiempos (ni como muchos mayores suelen hacer: en los inmaculados jóvenes), pues pareciera que la dinámica de la cotidianidad no ha hecho sino beneficiar la implantación del chavismo como característica que, unos más que otros, presentan.

Nos ha castigado hasta ahora la incapacidad de analizar un proceso personalista que a todas luces se le fue de las manos incluso a sus creadores. El llamado es que aquellos analistas criollos, que menospreciaron al chavismo, y quisieron creer que lo que vivíamos era una etapa de populismo autoritario bajo la égida de un caudillo que les pareció demasiado iletrado como para representar sus ideales de juventud (y en ocasiones actuales), reflexionen de nuevo, mediten sobre las consecuencias de lo que durante años afirmaron, y se replanteen la situación de cara a un futuro con un chavismo sin Chávez que, aunque pueda dividirse, va a quedarse.

(D) Enunciar la realidad.

Desde el 8 de octubre varios voceros de la oposición han entrado en una fase de recomposición de los actores de peso. Con la certeza y presión de una elección clave para la supervivencia de gran parte de los partidos políticos, también entra en juego el futuro de varias figuras de la oposición. Queda clara la preocupación que muchos manifiestan por la aparición de críticas internas a la Mesa de la Unidad Democrática. Sucede que no solo están en juego los cargos, el 16 se deciden aspectos políticos, es cierto, pero también, de una forma más sutil ante la percepción de las personas no inmersas en el tema político y sus componentes operativos, lo que está en juego son las pocas garantías que quedan para la constitución y operacionalización de equipos políticos, el trabajo político organizativo, y la aparición de los nuevos liderazgos.

Lo anterior suele pasar desapercibido porque cuando las personas se imaginan la política y sus actores, generalmente llenan los conceptos en base a prejuicios negativos asumiendo además que quienes participan en ella lo hacen solo por motivos de sustento económico y egocentrismo. Aunque ambas son razones válidas, y algunos políticos parecen ser ejemplo vivo de ellas, desde siempre el ejercicio de la actividad política responde a incontables intereses. Por supuesto, esta percepción generalizada hace algunos años ha venido cambiando, y, si bien no se asume a la política y los políticos de forma positiva, las excepciones individuales se han multiplicado. Solemos encontrar más disposición por parte de los venezolanos a admitir que no todos los políticos son igualmente malos y que en ocasiones, aunque pocas, incluso los hay buenos. Parte de este cambio se debe al nuevo enfoque que los distintos medios de comunicación, en conjunto con los múltiples actores del entorno político, han transmitido a la población sobre los problemas, sus soluciones, y sobre cada actor. Todo lo anterior coincide felizmente con la aparición de nuevos liderazgos políticos a finales de la década pasada, especialmente en el caso de las juventudes universitarias, luego partidistas (en muchos casos personales se da simultánea e interminablemente), quienes ante la opinión pública tienen las más altas valoraciones.

Pero lo cierto es que ya han pasado casi 5 años desde aquella explosión de activismo juvenil, mezcla de farándula y convicción, y el liderazgo juvenil ha pasado a ocupar un lugar si se quiere más natural, como acompañante de un conjunto de actores con mayor capacidad operativa, así como claridad de objetivos (aunque rara vez encuentren en armonía). Esta situación no debe indignar o molestar a nadie, el movimiento estudiantil, por sus propias dinámicas no puede ser mucho más que una organización de amateurs, con mucho entusiasmo e interés en el activismo y la colaboración, pero esencialmente novata en las lides políticas. Hoy la política universitaria nos resulta como la gran escuela, pero esto es así dado que los actores restantes apenas vienen recuperando los espacios de organización y activismo que durante mucho abandonaron. Afortunadamente el amateurismo se ha compensado con dedicación, y por ello el liderazgo juvenil nacional ha ahorrado derrotas aplastantes para los sectores democráticos, sin embargo, parece haber surgido una cierta disposición por parte de los mismos jóvenes, y de una gran parte de políticos e intelectuales de edades tempranas para hacerse con una idea que parece calar profundamente en las aspiraciones de los venezolanos: la nueva política.

Dado que se trata de un término muy divulgado en poco tiempo, ha tenido, hasta ahora, muy poca discusión. Si bien encontramos su mención en campañas tan tempranas como la de 1998, la “nueva política” parece ser un significante vacío al que se le agregan todos los significados con carga positiva posibles. Con la sola excepción de lo que parece ser una conexión inconsciente entre nueva y joven, lo cierto es que la nueva se define frente a su antítesis, la vieja. Y de la misma manera en que lo nuevo se llena de lo positivo, su alter sufre el endose de todas las críticas y acusaciones, baste decir que además lo viejo es asociado también a los políticos de larga data. La mesa queda servida para que unos y otros tengan diferentes percepciones en base al único rasgo plenamente diferenciador: el tiempo. Los jóvenes son buenos, altruistas e inteligentes, los viejos son malvados, egoístas e incapaces.

Nos encontramos hoy ante una verdad, si la nueva política es una realidad y quienes llevaron la batuta durante la pasada campaña eran quienes son parte de ella, esta aparente novedad no es suficiente para alcanzar el Poder. Por supuesto, tampoco lo fue la política de antes. De manera que parece fundamental superar esa dicotomía vacua y, desde otro punto de vista, inoperante. Los términos no deben ser cuantitativos, mucho menos temporales, sino cualitativos; tenemos que dar un verdadero salto cualitativo en la política, dejar de ser seguidores para llevar la delantera, saber estibar entre cuando seguir una encuesta y tomar decisiones que impliquen diferenciarse de las siempre volátiles opiniones públicas. Si queremos avanzar mucho más de lo que hasta ahora, requerimos afrontar las realidades incómodas, y la primera de ellas debe ser la más inmediata, todavía no tenemos un apoyo mayoritario en el país (por las razones que sean). Todo nuestro ingenio debe abocarse a ganar más espacios, pero no a costa de empeñar el futuro alimentando la insostenibilidad del esquema de relaciones de poder existente. Es necesario romper con el mismo, fomentando la autonomía de los actores, no una dependencia enmascarada, los actores deben hacerse responsables de sí mismos, así como de sus acciones y las consecuencias que estas desencadenen.

La respuesta más común suele ser que a los sectores opositores ha hecho falta conectarse con los venezolanos, pero he aquí otro nuevo inconveniente: quienes afirman esto generalmente asumen que el venezolano no contactado es el de los sectores populares con bajos ingresos. Para ellos el resto de los habitantes son una especie de a-venezolanos, que no representan lo que es realmente Venezuela, y viven en guettos de gente rica en lo material pero desprovista de toda riqueza espiritual y cultural. Es decir, consideran que el venezolano en esencia es aquel que reúne características propias de los grupos sin riquezas económicas. Se trata de una interpretación típica de quienes, por voluntad y supervisión de sus padres, tuvieron la posibilidad de asistir a una educación de mejor calidad en planteles privados (aunque no exclusivamente), es decir, de quienes perteneciendo a las clases medias y altas, fueron educadas en el marco de una visión acorde a los programas educativos estatales que sobreviven en las universidades públicas y privadas. En parte es un grupo que compra completamente el argumento de los gobernantes venezolanos, y de quienes durante décadas en sus discursos hicieron creer que Venezuela es pobre o no es Venezuela.

Se trata de lo que podemos llamar la ilusión de la pobreza venezolana que, aunque no se origina en la mentalidad política, fue alimentada incesantemente por ella. Ahora no se aprecia la complejidad del asunto, ni mucho menos sus implicaciones, pero si se parte de la idea de que los venezolanos de verdad son aquellos discriminados por una especie de enclave explotador y clasista, la solución a esta realidad comporta arremeter contra ese orden social. Y aunque parte de esta explicación de la pobreza en el país es correcta, la trama argumentativa, y los conceptos utilizados no aclaran nada, sino que colocan un velo simplificador a un asunto sumamente complejo y multicausal. A esto agreguémosle la ya tradicional leyenda negra sobre el capitalismo nacional (quizá valdría más la pena colocar comillas y decir “capitalismo”), y nos quedaremos con la receta discursiva del populismo anticapitalista. Ser de clase media o alta es como una vergüenza para muchos. Algunos sectores conciben la riqueza como una gran torta invariable que en algún momento un ancestro, nuestros abuelos o padres, prefirieron obtener (o robarse, dependiendo del grado de rechazo), antes que dedicarse a la vida política. Tal esquema, donde pocos ganan a costa de los demás, un juego de suma cero donde todo lo demás está dado y es constante no puede generar más que antipatías de la gente pero, cabe acotar, la realidad no se agota con esta explicación, en verdad muchas familias consiguieron elevar sus estándares de vida en base al aprovechamiento de oportunidades y no en el marco del amparo gubernamental.

Estas y otras cosas le resultan incómodas a gran parte de la oposición joven venezolana debido a la nueva moda de criminalizar a las clases medias y alta por los malos resultados e incluso errores que la oposición ha cometido durante todos estos años. Resulta ahora que la culpa es de los que poseen algo, o mucho. Pero lo raro es que con el odio hacia la clase media por ser, en líneas generales, clase media, no se entiende esa supuesta aspiración por generar en el país el bienestar suficiente que permina convertir a la población de ingresos bajos en clase media. Hasta que no se resuelva esa incongruencia de la oposición el mensaje no va a ser claro, y sería terrible que en la búsqueda de un discurso de corte populista, regresemos al contenido clasista, de lucha de clases, de por sí errado en sus inicios, totalmente desfasado hoy. Es una tarea pendiente, pero que permite el desarrollo de un discurso maduro, moderno, y que en realidad promueva una visión de una Venezuela verdaderamente distinta.

La república de Páez

Venezuela en no pocas oportunidades ha servido como caso de estudio para los interesados en las ciencias sociales. Sin pretender entrar en la discusión sobre la pertenencia o no de la Historia como ciencia social, asumiremos aquí que se encuentra indisolublemente ligada a las mismas, de forma tal que cobra sentido la afirmación que alguna vez hizo Schumpeter, que aquí parafraseamos, que de todas las dimensiones importantes para la economía, la histórica es acaso la más importante.

Hoy día se desconfía del sector financiero, y muchas veces con razón. Suele pasar que en la mayoría de los países los banqueros se han convertido en un sector protegido, destruyendo la dualidad ganancia-pérdida, tan necesaria para el funcionamiento adecuado del sistema capitalista de libre empresa. Muchas veces, los venezolanos de la intelligentsia consideran que debe protegerse a tirios (banqueros) y troyanos (deudores) para que se garantice un equilibrio entre las partes fomentando la armonía de intereses. Asimismo, la gran mayoría de los intelectuales, consideran que, en pos de un beneficio colectivo, las autoridades estatales han de establecer de forma centralizada las tasas de interés (sean referenciales por lo general); la libertad bancaria de fijar las tasas de interés sobre sus préstamos es nociva ya que tenderá a la usura y perjudicará a los deudores.

Opiniones como estas no solo son propias de nuestra realidad de hoy, donde pululan. Nos llevan a nuestra historia, más concretamente a los principios de Venezuela como república independiente. Por entonces se llevó adelante lo que Manuel Pérez Vila (1992) caracterizó como el gobierno deliberativo, coincidiendo además con la creación de las primeras entidades bancarias del país (con capital inglés, y a veces mixto por participación del gobierno como accionista), recordemos que hasta entonces existían las casas financieras donde los alemanes tenían una presencia importante. Por entonces las tasas de interés y los préstamos se generaban libremente, y, contrario a lo que se piensa, de acuerdo a lo señalado por Pérez Vila quien se basa en los datos de la Hacienda Pública nacional, los intereses no propendieron al alza, sino que se ubicaron en torno al 11 y 12% (llegando incluso al 9%), difícilmente alguien puede concebir estas tasas como usureras, sobre todo cuando hoy tenemos tasas un poco superiores y se habla de tasas muy bajas que solo fomentan aun más el consumo.General y Presidente de Venezuela José A. Páez

Sucede que, incluso, en un marco de relativa estabilidad pues eran frecuentes los alzamientos, el sistema de libertad financiera estaba resultando, y la muy golpeada economía a consecuencia de la guerra se estaba recuperando. Por supuesto, no se trató de una recuperación milagrosa y acelerada, sino que estaba basada en un esquema de crecimiento moderado y recuperación de capitales derruidos por la guerra. Y a pesar de todo, el sistema funcionó muy bien, se replantaron haciendas, se reiniciaron actividades abandonadas, el sector ganadero repobló sus fincas, y la artesanía encontró nuevos consumidores. Sin embargo, dadas las peculiaridades del comercio exportador nacional, nos encontramos ante el problema de exportar productos de consumo suntuario (café y cacao), reemplazables (añil y cueros) y con dificultades para incrementar la producción y encontrar nuevos mercados (carnes, que por razones técnicas no podía llegar más allá de las islas del Caribe). A fin de cuentas, Venezuela no era “indispensable”, y no se producían avances tecnológicos en estas tierras, el sistema requería más estabilidad, y por supuesto, tiempo.

Cuando se hizo complicado para los artesanos competir con los productos que llegaban de Inglaterra y otros países más avanzados en el proceso de desarrollo capitalista, se iniciaron las peticiones por parte de los grupos de interés afectados. Agricultores y artesanos empezaron a demandar mayores protecciones así como también políticas crediticias preferenciales, y de esta forma sectores que anteriormente se habían enfrentado o por lo menos tolerado como enemigos potenciales, se coaligaron para demandarle al Estado y su administración las protecciones que requerían para “sobrevivir y prosperar”. Hasta finales de los años 30, Venezuela había seguido una política muy cercana a principios “manchesterianos” que tanto le había funcionado a Inglaterra, por supuesto aun se tenía que avanzar en muchos frentes, pero la apertura en todos los sentidos rendía sus frutos, la prensa era permitida, se eliminaron los monopolios de los que gozaba el gobierno, y se procedió hacia la separación de la iglesia y el Estado (permitiéndose además la entrada a nuevas iglesias como la anglicana, e incluso religiones como la judía).

Pero en lo económico también se reportaron logros, la producción no solo creció, sino que la población también la acompañó en crecimiento. Venezuela fue muestra, mientras duraron los 17 años del gobierno deliberativo bajo la égida de Páez (quien merece ser rescatado ante la opinión pública), de que el proyecto de amplias libertades en el terreno económico produce bienestar colectivo. Evidentemente, Venezuela no poseía las características necesarias para alcanzar el ritmo de crecimiento inglés, mucho menos el norteamericano. Pero durante esos 17 años el país recobró una paz relativa e inició el avance, retrasado por la crisis política de 1846-1847, y con especial énfasis con el ascenso de los Monagas al poder, quienes, en conjunto con los partidarios del “liberalismo” venezolano (Guzmán y compañía) no dudaron en valerse de las malas prácticas del paecismo, y agregarles varias propias.

El fracaso del modelo, agotado por sus fallas políticas que le impidieron generar mecanismos eficaces de resolución de conflictos, se debió en gran parte por inmadurez política de “liberales” y “conservadores”, quienes fueron incapaces de generar acuerdos para compartir el poder y alternarse en el mando dentro de un sistema electoral semejante al que se desarrolló en otros países. Así, el monaguismo se encumbrará sobre los conflictos generados tras la amenaza de victoria de Antonio Leocadio Guzmán, y la llegada del primer Monagas al poder como candidato conservador con simpatías dentro del liberalismo. Como es sabido, Monagas solo perseguirá aumentar su poder y el de su familia, a costa del resto de los grupos sociales postergando la resolución de los conflictos latentes entre los grupos de interés y las clases discriminadas en el ejercicio del poder y el usufructo de los privilegios conduciendo finalmente al hecho sangriento de la Guerra Federal.

¿Qué entendemos por libertad?

Cuando hablamos de libertad en conversaciones del carácter que sean, nunca puede dejar de aparecer el problema que Schumpeter enunció a mediados del siglo XX en su famoso libro “Capitalismo, Socialismo, y Democracia”: sucede que, cuando discutimos temas, a veces los espacios desde donde partimos complejizan, cuando no impiden, el entendimiento. Claro que Schumpeter lo explicaba en el marco de los dos esquemas de pensamiento que le preocupaban especialmente en la obra: el pensamiento capitalista democrático (y sus tendencias inherentes) y el socialismo democrático (no confundir, aunque sí asociar con la socialdemocracia).

En muchas ocasiones las discusiones entre, llamémosles, socialistas, conservadores, y liberales (agregue los términos que prefieran, generalmente aplican) suelen entrar en impases donde pareciera que la discusión gira en torno a dos o más nociones completamente distintas entre sí. Esto sucede por diferencias importantes en lo que Schumpeter designó como universo simbólico. Son estas diferencias entre los universos que manejan las partes por lo que se dificulta o impide una discusión constructiva, y muchas veces se termina en derroteros estériles para los acuerdos.

Si no existen acuerdos mínimos en cuanto a conceptos con los cuales aproximarse a la discusión, si, básicamente, se hablan dos lenguajes disímiles, entramos en el terreno de lo incierto. Hablar del tema de la eficiencia es un ejemplo claro. Para cualquiera que consulte un diccionario básico puede encontrar una definición de la palabra de la forma más neutra posible, sin embargo, el modo en que adjudicamos la finalidad de la misma como actitud o valor ante una situación humana puede variar notablemente.

En cierto sentido es un retorno al Wittgenstein advirtiendo que los límites del mundo están en los del lenguaje que para aprehenderlo, solo que en este caso el contexto varía y se asemeja más a sus desarrollos posteriores sobre la practicidad del lenguaje. Schumpeter se refería al hecho de fundamental del universo simbólico como generador de conciencia (en el sentido de superestructura marxista), y lo que le preocupaba realmente era el dominio del mismo por parte de las fuerzas ajenas a la lógica capitalista. Por supuesto, en la obra del economista se encuentra siempre el tono pesimista de quien consideraba al capitalismo como sistema superior, pero condenado por su propio éxito a generar grupos que, presas de la lógica competitiva electoral y sus políticos, demandarían cada vez más bienes que se obtendrían de forma redistributiva trastocando el proceso productivo que los generó en un primer momento.

Al discutir, no sólo reconocemos la existencia del otro y su propiedad sobre sí mismo (como sostienen Hayek, Hoppe, y Habermas), sino que además, reconocemos que el otro desde su alteridad posee una opinión con la que nos interesa relacionarnos para la finalidad que sea. Pero al momento de intercambiar opiniones, los conceptos no previamente aclarados y acordados tienden a generar problemas, eso no quiere decir que se requiera definir cada palabra, pero sí que debe tenerse cuidado al utilizar nociones no generalmente aceptadas.

Vuelvo al título de este escrito “¿Qué entendemos en Venezuela por libertad?” para retomar una pregunta que se relaciona con todo lo anterior en la forma que la libertad ha sido, y sigue siendo, un problema que se ubica en el centro de una discusión aparentemente sin fin: el problema de la libertad en el orden social. Y es que no se puede avanzar en la ciencia política hasta tanto no se ha cimentado claramente el asunto de qué entendemos por libertad, y hasta donde se puede tolerar, por parte de quienes la consideran un obstáculo/peligro para el orden; permitir, para quienes no es más que una inevitabilidad desagradable para sus planes de organización social; defender, por quienes la consideran parte inalienable de cualquier ser humano.

Sin embargo, es rara la ocasión donde alguna de estas actitudes se presenta de forma pura, creo que pueden tener un valor importante como arquetipos o ideal tipos, con lo que, haciendo una definición muy clara y exhaustiva de los mismos (entendiendo sus limitantes inherentes como conceptos no omniabarcantes de una realidad mucho más compleja) se pueda entender y discutir actitudes y visiones de mundo disímiles, permitiéndonos reformular la pregunta de forma que cada quién se pregunte:

¿Qué entiendo por libertad? Y ¿Qué entienden otros por lo “mismo”?