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Violencia y propiedad

 

Creo que la razón de fondo de toda la violencia y daños que se están presentando en Venezuela tiene un origen muy claro, Venezuela, más allá de la educación del hogar, no cuenta con instrumentos de refuerzo a la idea de la propiedad. Evítese caer en los prejuicios típicos de quienes tienen posturas doctrinarias muy limitadas en torno a la idea. En Venezuela, más allá de lo que nuestros padres o ejemplos familiares nos inculquen consciente o inconscientemente, no podemos decir que existan mecanismos que fomenten la internalización del respeto a la propiedad de cada quien.

 

Y cuál es la noción más básica, filosófica, casi natural de la propiedad si no es la idea de que cada persona es propietaria de sí misma. Seres radicalmente conscientes, que poseen unas características similares, aunque no idénticas a los otros, provistos de lenguaje y razón (aunque no se compartan por todos), con valores e intereses infinitos. Se trata de una idea tan simple, que arraigó en un sinfín de culturas y que tiene su origen en el contacto humano cooperativo que nos permitió superar la barbarie.

 

Venezuela, así como muchos países, sufrió durante años (siglos tal vez sea más adecuado) de una puja entre el primitivismo y la modernidad. Esto fue lo que apreció Rómulo Gallegos y trató de transmitir a través de la palabra escrita. Pero el salvajismo perduró. Gozamos de islotes de paz, tranquilidad y prosperidad en base a ideas de una Venezuela que realmente no existía. Compramos con falsa abundancia la tranquilidad de los saciados.

 

El problema está en que muchas personas, especialmente en los puestos de decisión consideran la idea simple de que cada quien es propietario sobre sí mismo como una proyección economicista, cuando la verdad es que tiene raigambre filosófica más que económica. Básico, ser propietarios no obliga a asumir responsabilidades, esto incomoda a propios y extraños, la responsabilidad parece ser una carga que pocos quisieran asumir (no hablemos ya de respetar la responsabilidad de los demás).

 

George Bernard Shaw, más recordado por sus novelas y citas descontextualizadas que por su vanguardista apoyo a la erradicación física de los indeseables de la sociedad consideraba que en la responsabilidad radica el miedo a la libertad. Permítasenos concordar con Shaw únicamente en este último aspecto.

 

Ahora bien, de ser así, simplemente haría falta una adecuada política educativa que incida transversalmente en la formación de los ciudadanos de todas las edades. Pero la verdad es que no es así.

 

Los efectos de la educación en el tema del respeto de la propiedad básica de los seres humanos, y el consecuente de las propiedades extendidas, no pueden prosperar en un entorno donde haya incentivos tan perniciosos como en Venezuela. Sucede que en Venezuela están dadas las condiciones para que un finlandés, danés, noruego, o japonés transforme sus actitudes. No hablo ya de asesinar, sino de aspectos fundamentales del largo plazo.

 

Las perspectivas en el país se han alterado de tal manera que nada es previsible salvo el desastre. La inflación no cede sino que aumenta, y no bastando con ello, aprovechando cierto olfato político y unos valores bastante pobres, el gobierno nacional ha promovido los saqueos organizados. Obligando a reducciones de precios, el gobierno nacional busca promover lo que se podía olfatear con el establecimiento del control de cambio, la destrucción del sector empresarial. El pretexto del dólar preferencial no es suficiente, la economía es dinámica y está sometida a criterios de escasez relativa que se manifiestan en los mercados libres.

 

1.

 

La alergia al mercado, a la libertad de producción e intercambios no es una creación chavista, es algo enquistado en el alma de las corrientes políticas tradicionales de nuestro país. La estabilidad de los 40 años de democracia previa al chavismo fue un logro reconocible, pero si se considera el decreto de suspensión de las garantías económicas semanas después de la ratificación de la constitución de 1961 deben arrojar luces sobre el tema.

 

Cómo es posible que tras años de esfuerzo, una generación política respalde la suspensión de una constitución producto de sus propias propuestas. La historia venezolana sirve de pretexto, la lucha armada imponía condiciones particulares. Pero esto no es razón suficiente, puesto que quienes apoyaron la atribución de vulnerar la propiedad privada para luchar contra la insurgencia no se detuvieron a contemplar el hecho de que esa misma insurgencia no se componía de grandes propietarios, ni mucho menos estaban apoyados por ellos, cuántas hectáreas de tierra, ¿cuántas empresas, industrias y comercios, eran propiedad de los Petkoff, Bravo, Rodríguez, y compañía? Digo, como para justificar que se suspendieran las garantías y poder actuar contra los guerrilleros-propietarios.

 

La verdad es que los artículos económicos de la constitución fueron letra muerta hasta la eliminación de la suspensión de garantías económicas casi 30 años después. ¿Acaso la lucha armada, esa aglomeración de intereses del gran capital, asociado a la izquierda marxista seguía en su apogeo tras la pacificación de los 70? Tan solo 30 años después se restituyen estos aspectos de la constitución. Una generación entera no vivió bajo las garantías económicas, pero ni lo notaron, la opulencia de aquellos años permitía omitir estos aspectos.

 

Durante casi dos décadas Venezuela gozó de crecimiento económico permitiendo incorporar a millones de personas a los sistemas educativos y de salud de forma casi gratuita, debido a que gran parte de ellos se financió con renta petrolera. El sueño venezolano, la Gran Venezuela, pareció posible. Empresarios gozaron de respeto de facto, subsidios, créditos blandos, impuestos bajos y una inflación baja; los obreros de salarios cada vez más altos, con buena capacidad de compra, servicios públicos de estreno; finalmente, los partidos políticos y el gobierno se reservaron el financiamiento público de sus organizaciones, las nóminas estatales, los bienes administrativos de los distintos niveles del gobierno, y la capacidad para incrementar su injerencia y beneficios cuando así lo consideraran.

 

Esta fórmula funcionó muy bien durante los primeros 20 años, los sectores se repartían porciones variables, pero siempre existentes, de la riqueza, mientras que quienes determinaban el tamaño de esa torta estaban fuera del país demandando nuestras materias primas, o dentro de nuestras fronteras intentando casi románticamente rechazar las prebendas estatales o aprovecharlas de la manera más honesta posible. Luego llegaron las crisis.

 

Los precios bajaron, pero no se asumió, sino que cualquier cambio se postergó indefinidamente por inviabilidad política de los mismos, el resto es historia conocida. A los venezolanos nos llegó el fin de siglo y con él trajimos a la combinación de todos los males en un solo movimiento: el chavismo.

 

2.

 

El chavismo es en esencia antirrepublicano, y antidemocrático en el sentido moderno que tienen estas palabras. El chavismo son montoneras, como las de antaño, pero generalmente se valen más del voto que de las armas. Al chavismo no le interesan las minorías, a menos que se trate de su voto más fiel, sino una gran mayoría de venezolanos, con necesidades y expectativas insatisfechas desde hace años que constituyen su esencia. El chavismo no es paz, sino revanchismo, es la voz de todos aquellos que gozaron de la Gran Venezuela y de repente comenzaron a ver que las cosas no iban tan bien como antes.

 

¿Cómo puede esperarse que en este tipo de entornos prosperen los derechos de propiedad sin la adecuada voluntad política para apalancarlos? Venezuela, acostumbrada desde hace mucho al enfoque de arriba-abajo, no parece presentar tampoco las iniciativas de desarrollo de abajo-arriba. La concentración de atribuciones y facultades en el gobierno, la visión de que si hay desempleo se debe legislar para crear empleos desde la nada, el “si me va mal hablo con un amigo que es del partido” es tan nociva como cualquier impuesto. Son los incentivos que hay.

 

Y no se olvide el sin fin de problemas culturales. ¿Cuándo el posicionar a un familiar en un cargo deja de ser corrupción? Pues resulta que esto no se ve así en la familia venezolana. Es un deber, estando en una posición de poder, apalancar sí o sí a los familiares, esto no es visto como corrupción, sino como solidaridad. Porque si no se ayuda, se cae en la escala de la familia, sino “palanqueas” al otro eres mala persona.

 

El mérito ha ido perdiéndose en una maraña de palancas, obstáculos, delincuencia, inflación y demás. Todavía queda gente con méritos, cómo no, hasta en Zimbabue los hay, pero lo esencial es que ser honesto es cada vez algo menos cotidiano. Chávez no falló en esto, lo extraordinario se hizo cotidiano.

 

Esto nos lleva al último aspecto, que conecta con el comienzo, las muertes violentas en Venezuela eran hace 20 años una rareza, hoy día son la norma. Y no se puede alegar que se trata de los medios de comunicación, el chavismo en esto es casi hegemónico. Se trata de que cualquier mirada superficial a la data disponible muestra que Venezuela es hoy más violenta que en ningún otro momento del siglo pasado. Pero, ¿por qué sucede esto? Muchos alegarán que es la falta de educación, otros más atrevidos dirán que es escasez de cultura ¿?

 

Sin embargo, creo que es algo que le subyace a los niveles educativos y está enquistado en la visión de mundo de cada día más venezolanos: la propiedad de cada quien sobre sí mismo es un derecho exótico, cuando mucho un lujo en las circunstancias actuales. La propiedad es un lujo porque ingenuamente se creó la idea durante décadas de que tener es lo mismo que ser, y el ser es más importante que nada, si no tengo no soy. Para un país donde pocos tienen, la respuesta fue muy obvia, debe corregirse eso desde el gobierno.

 

Pero no se puede dar lo que no se ha creado, y el gobierno suele ser incapaz en el terreno de la creación, por lo que es necesario recurrir a quienes crean, se trata de la lógica primitiva del socialismo. La lógica expresa del socialismo es que nadie, en teoría, debe ser más que nadie y para ello el gobierno, encarnado en la forma que sea, debe intervenir para tomar del que tiene para darle al que no. Como se ve, es una idea muy simple, que se puede explicar a cualquiera.

 

Lo que sucede es que ni aquí ni en ningún lado esta idea ha conseguido traer prosperidad a todos. A la larga el socialismo no solo es inviable, sino altamente destructivo. En un país con una debilidad institucional como Venezuela, los efectos solo han sido mitigados por las ingentes ganancias de la renta petrolera. Pero nada puede durar para siempre. A mayor ganancia más gasto, y cuando los recursos se terminan, se procede al endeudamiento. Como puede verse, es la misma vieja historia, pero con nuevos actores.

 

Nuevamente, el gobierno, no solo en Venezuela sino en general, es incapaz de solventar la pobreza. Pero llevando lo que se había visto en los discursos de la izquierda criolla durante décadas, decide transmitir la idea de que no solo es injusto que exista pobreza y que esta es resultado directo de la riqueza de otros, sino que es moralmente legítimo que quienes no posean tomen por la fuerza.

 

El gobierno nacional dice que en el capitalismo no hay vida decente, que la pobreza es resultado de esto y que los desposeídos de este planeta deben tomar la justicia por sus manos cuando los gobiernos se la nieguen por defender a los intereses del capital.

 

Y he aquí que quienes asesinan lo hacen por una idea, se trata de la noción de que a ellos les fue negada una vida feliz, decente, y que no basta con tomar las pertenencias de alguien, nada de ello les hará recuperar el tiempo perdido y las vejaciones sufridas. Solo les queda una salida, no es óptima, pero es aceptable, y es que al tomar una vida están nivelando la balanza haciendo sufrir a los culpables del sufrimiento propio un infierno si se quiere compensatorio, y en última instancia, nivelador.

 

Esta es la afrenta más radical que puede haber contra la propiedad en su forma más básica e indispensable, se trata de un atentado contra la vida.

 

 

 

¿Qué entendemos por libertad?

Cuando hablamos de libertad en conversaciones del carácter que sean, nunca puede dejar de aparecer el problema que Schumpeter enunció a mediados del siglo XX en su famoso libro “Capitalismo, Socialismo, y Democracia”: sucede que, cuando discutimos temas, a veces los espacios desde donde partimos complejizan, cuando no impiden, el entendimiento. Claro que Schumpeter lo explicaba en el marco de los dos esquemas de pensamiento que le preocupaban especialmente en la obra: el pensamiento capitalista democrático (y sus tendencias inherentes) y el socialismo democrático (no confundir, aunque sí asociar con la socialdemocracia).

En muchas ocasiones las discusiones entre, llamémosles, socialistas, conservadores, y liberales (agregue los términos que prefieran, generalmente aplican) suelen entrar en impases donde pareciera que la discusión gira en torno a dos o más nociones completamente distintas entre sí. Esto sucede por diferencias importantes en lo que Schumpeter designó como universo simbólico. Son estas diferencias entre los universos que manejan las partes por lo que se dificulta o impide una discusión constructiva, y muchas veces se termina en derroteros estériles para los acuerdos.

Si no existen acuerdos mínimos en cuanto a conceptos con los cuales aproximarse a la discusión, si, básicamente, se hablan dos lenguajes disímiles, entramos en el terreno de lo incierto. Hablar del tema de la eficiencia es un ejemplo claro. Para cualquiera que consulte un diccionario básico puede encontrar una definición de la palabra de la forma más neutra posible, sin embargo, el modo en que adjudicamos la finalidad de la misma como actitud o valor ante una situación humana puede variar notablemente.

En cierto sentido es un retorno al Wittgenstein advirtiendo que los límites del mundo están en los del lenguaje que para aprehenderlo, solo que en este caso el contexto varía y se asemeja más a sus desarrollos posteriores sobre la practicidad del lenguaje. Schumpeter se refería al hecho de fundamental del universo simbólico como generador de conciencia (en el sentido de superestructura marxista), y lo que le preocupaba realmente era el dominio del mismo por parte de las fuerzas ajenas a la lógica capitalista. Por supuesto, en la obra del economista se encuentra siempre el tono pesimista de quien consideraba al capitalismo como sistema superior, pero condenado por su propio éxito a generar grupos que, presas de la lógica competitiva electoral y sus políticos, demandarían cada vez más bienes que se obtendrían de forma redistributiva trastocando el proceso productivo que los generó en un primer momento.

Al discutir, no sólo reconocemos la existencia del otro y su propiedad sobre sí mismo (como sostienen Hayek, Hoppe, y Habermas), sino que además, reconocemos que el otro desde su alteridad posee una opinión con la que nos interesa relacionarnos para la finalidad que sea. Pero al momento de intercambiar opiniones, los conceptos no previamente aclarados y acordados tienden a generar problemas, eso no quiere decir que se requiera definir cada palabra, pero sí que debe tenerse cuidado al utilizar nociones no generalmente aceptadas.

Vuelvo al título de este escrito “¿Qué entendemos en Venezuela por libertad?” para retomar una pregunta que se relaciona con todo lo anterior en la forma que la libertad ha sido, y sigue siendo, un problema que se ubica en el centro de una discusión aparentemente sin fin: el problema de la libertad en el orden social. Y es que no se puede avanzar en la ciencia política hasta tanto no se ha cimentado claramente el asunto de qué entendemos por libertad, y hasta donde se puede tolerar, por parte de quienes la consideran un obstáculo/peligro para el orden; permitir, para quienes no es más que una inevitabilidad desagradable para sus planes de organización social; defender, por quienes la consideran parte inalienable de cualquier ser humano.

Sin embargo, es rara la ocasión donde alguna de estas actitudes se presenta de forma pura, creo que pueden tener un valor importante como arquetipos o ideal tipos, con lo que, haciendo una definición muy clara y exhaustiva de los mismos (entendiendo sus limitantes inherentes como conceptos no omniabarcantes de una realidad mucho más compleja) se pueda entender y discutir actitudes y visiones de mundo disímiles, permitiéndonos reformular la pregunta de forma que cada quién se pregunte:

¿Qué entiendo por libertad? Y ¿Qué entienden otros por lo “mismo”?

¿Por qué los intelectuales se oponen al capitalismo? Por: Robert Nozick.

Es sorprendente que los intelectuales se opongan al capitalismo de esa forma. Grupos con estatus socioeconómicos comparables no muestran el mismo grado de oposición en las mismas proporciones. Entonces, estadísticamente, los intelectuales son una anomalía. Sigue leyendo