Problemas venezolanos de ayer y hoy…

El cierre del 2013 se plantea como uno de los más difíciles de los últimos años. Los efectos inflacionarios que no aparecieron en 2012 se han hecho sentir con mucha fuerza mostrándonos lo que ya el ciudadano siente a diario aunque no lo defina de forma académica, Venezuela tiene un enorme problema de inflación y nada parece indicar que las cosas vayan a cambiar. Si a ello agregamos la dificultad para encontrar algunos productos de primera necesidad, se aprecia lo complicado que se hace para muchos poder llevar una existencia tranquila como es el deseo natural de quienes vivimos en esta sociedad.

Las consecuencias de la agravación del modelo productivo que desde hace mucho tiempo se ha implementado en Venezuela están a la vista de todos, aunque para muchos el pasado fue siempre mejor, la realidad es que estamos en una fase avanzada de lo que se fue gestando desde los años 40 del siglo pasado. El alegato a los matices no invalida el argumento, el chavismo es la consecuencia lógica de una manera de hacer las cosas en el gobierno nacional y responde a una perspectiva que ya se hallaba en quienes ejercieron el poder durante décadas en el país.

No malinterpretemos lo anterior, en ningún lugar se está afirmando que todos los gobernantes del pasado eran como los actuales, es bien sabido que el reformismo dicta las pautas progresivas para avanzar hacia el fin. Aquí se trata de entender que estamos hablando de un modelo, de una forma de relacionarse con el resto de los actores, de una perspectiva del desarrollo y de cómo deben darse los eventos en un país.

Venezuela adolece desde hace mucho tiempo de gobernantes con complejo de guía iluminado, los avances democráticos no evitaron esto, porque además es algo normal en una sociedad. La producción de élites con visiones particulares sobre cómo debería ser esa sociedad es un aspecto natural de los grupos humanos, casi tanto como la curiosidad en las personas. Nuestro país en esto resulta como muchos otros, pero se diferencia también en importantes aspectos.

La clase intelectual se mantiene aferrada a la visión de que los designios del país son demasiado importantes como para dejarlos en manos de las personas comunes. El núcleo del argumento es este, las justificaciones pueden ser varias, pero el núcleo es el mismo. Sea por ignorancia, falta de preparación, maldad inherente, egoísmo natural, entre muchas otras, la sociedad es percibida como algo muy importante como para dejarla en manos de la sociedad. Aparece entonces la necesidad del líder, que no es más que un planificador central legitimado por el voto (aunque en momentos de nuestra historia se han omitido estas últimas 4 palabras).

Muchos alegan que no es lo mismo un planificador central egresado de Harvard, Yale (o alguna universidad de la Ivy League), Oxford, e incluso el IESA y el CENDES y un planificador egresado de una institución militar donde, bajo el prejuicio de la intelectualidad criolla “se aprende de disparos, acatar y ordenar, pero no a pensar”. Hasta cierto punto es verdad, el conocimiento de quienes egresan de estas instituciones varía notablemente. Pero no hay estudio universitario alguno que le otorgue a una persona el derecho a decidir sobre otro. Muy a pesar de los apologistas del gremio de los letrados, un título universitario no convierte a su poseedor en ungido para gobernar un país, mucho menos para gobernarlo “per secula seculorum”.

No hay (ni puede haber) una maestría que te licencie para gobernar al otro, tampoco hay una que te convierta en maestro en resolución de asuntos de la vida cotidiana. La vida no se aprende en las aulas, desde ahí lo mejor que podemos aspirar es a entenderla para poder tomar decisiones de la mejor forma posible.  Pero contrario a lo que se vende, en este mundo sin garantías, ser licenciado tampoco constituye ninguna.

Confiar en el otro se ha vuelto un problema, las personas han perdido ese vínculo tan natural para los humanos desde que decidimos establecernos en grupos, esto es, desde los comienzos de nuestra existencia. Debe entenderse la confianza en el sentido amplio, no el de una relación cercana de corte amistoso, sino se órdenes complejos. Para una sociedad, es decir, para las personas que la componen, es fundamental tener la confianza de que mañana los alimentos no van a variar notablemente de precio, mucho más que existirán. Pero todo va más allá, para las personas es fundamental saber con la mayor certeza que al salir de sus hogares están tomando un riesgo menor con respecto a su propiedad privada más fundamental, es decir, que no habrá peligro para su integridad física.

En Venezuela hemos perdido este tipo de certezas, por lo menos en lo que se respecta a la vida cotidiana. Para quienes habitamos en Caracas el ruido de una moto cobra un sentido totalmente distinto al que tiene en quienes viven en Rio de Janeiro, Buenos Aires, Santiago o Lima. Y más allá de los significados que cobra en aquellos países, y los prejuicios que también se han desarrollado en el nuestro, hoy no hay confianza en la seguridad. El único bien público que ha servido de justificación durante siglos a la existencia del Estado es hoy un bien sumamente escaso.

Lo que se denomina “capital social” contiene el elemento de la previsibilidad, eso que durante siglos ocupó las mentes de filósofos, que se encuentra en el origen del problema del orden. De qué manera se puede garantizar el orden, de qué forma evitamos lo imprevisible. En Venezuela hemos fallado estrepitosamente en esto, y no por la falta de Estado, sino por el exceso de ello.

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