(D) Enunciar la realidad.

Desde el 8 de octubre varios voceros de la oposición han entrado en una fase de recomposición de los actores de peso. Con la certeza y presión de una elección clave para la supervivencia de gran parte de los partidos políticos, también entra en juego el futuro de varias figuras de la oposición. Queda clara la preocupación que muchos manifiestan por la aparición de críticas internas a la Mesa de la Unidad Democrática. Sucede que no solo están en juego los cargos, el 16 se deciden aspectos políticos, es cierto, pero también, de una forma más sutil ante la percepción de las personas no inmersas en el tema político y sus componentes operativos, lo que está en juego son las pocas garantías que quedan para la constitución y operacionalización de equipos políticos, el trabajo político organizativo, y la aparición de los nuevos liderazgos.

Lo anterior suele pasar desapercibido porque cuando las personas se imaginan la política y sus actores, generalmente llenan los conceptos en base a prejuicios negativos asumiendo además que quienes participan en ella lo hacen solo por motivos de sustento económico y egocentrismo. Aunque ambas son razones válidas, y algunos políticos parecen ser ejemplo vivo de ellas, desde siempre el ejercicio de la actividad política responde a incontables intereses. Por supuesto, esta percepción generalizada hace algunos años ha venido cambiando, y, si bien no se asume a la política y los políticos de forma positiva, las excepciones individuales se han multiplicado. Solemos encontrar más disposición por parte de los venezolanos a admitir que no todos los políticos son igualmente malos y que en ocasiones, aunque pocas, incluso los hay buenos. Parte de este cambio se debe al nuevo enfoque que los distintos medios de comunicación, en conjunto con los múltiples actores del entorno político, han transmitido a la población sobre los problemas, sus soluciones, y sobre cada actor. Todo lo anterior coincide felizmente con la aparición de nuevos liderazgos políticos a finales de la década pasada, especialmente en el caso de las juventudes universitarias, luego partidistas (en muchos casos personales se da simultánea e interminablemente), quienes ante la opinión pública tienen las más altas valoraciones.

Pero lo cierto es que ya han pasado casi 5 años desde aquella explosión de activismo juvenil, mezcla de farándula y convicción, y el liderazgo juvenil ha pasado a ocupar un lugar si se quiere más natural, como acompañante de un conjunto de actores con mayor capacidad operativa, así como claridad de objetivos (aunque rara vez encuentren en armonía). Esta situación no debe indignar o molestar a nadie, el movimiento estudiantil, por sus propias dinámicas no puede ser mucho más que una organización de amateurs, con mucho entusiasmo e interés en el activismo y la colaboración, pero esencialmente novata en las lides políticas. Hoy la política universitaria nos resulta como la gran escuela, pero esto es así dado que los actores restantes apenas vienen recuperando los espacios de organización y activismo que durante mucho abandonaron. Afortunadamente el amateurismo se ha compensado con dedicación, y por ello el liderazgo juvenil nacional ha ahorrado derrotas aplastantes para los sectores democráticos, sin embargo, parece haber surgido una cierta disposición por parte de los mismos jóvenes, y de una gran parte de políticos e intelectuales de edades tempranas para hacerse con una idea que parece calar profundamente en las aspiraciones de los venezolanos: la nueva política.

Dado que se trata de un término muy divulgado en poco tiempo, ha tenido, hasta ahora, muy poca discusión. Si bien encontramos su mención en campañas tan tempranas como la de 1998, la “nueva política” parece ser un significante vacío al que se le agregan todos los significados con carga positiva posibles. Con la sola excepción de lo que parece ser una conexión inconsciente entre nueva y joven, lo cierto es que la nueva se define frente a su antítesis, la vieja. Y de la misma manera en que lo nuevo se llena de lo positivo, su alter sufre el endose de todas las críticas y acusaciones, baste decir que además lo viejo es asociado también a los políticos de larga data. La mesa queda servida para que unos y otros tengan diferentes percepciones en base al único rasgo plenamente diferenciador: el tiempo. Los jóvenes son buenos, altruistas e inteligentes, los viejos son malvados, egoístas e incapaces.

Nos encontramos hoy ante una verdad, si la nueva política es una realidad y quienes llevaron la batuta durante la pasada campaña eran quienes son parte de ella, esta aparente novedad no es suficiente para alcanzar el Poder. Por supuesto, tampoco lo fue la política de antes. De manera que parece fundamental superar esa dicotomía vacua y, desde otro punto de vista, inoperante. Los términos no deben ser cuantitativos, mucho menos temporales, sino cualitativos; tenemos que dar un verdadero salto cualitativo en la política, dejar de ser seguidores para llevar la delantera, saber estibar entre cuando seguir una encuesta y tomar decisiones que impliquen diferenciarse de las siempre volátiles opiniones públicas. Si queremos avanzar mucho más de lo que hasta ahora, requerimos afrontar las realidades incómodas, y la primera de ellas debe ser la más inmediata, todavía no tenemos un apoyo mayoritario en el país (por las razones que sean). Todo nuestro ingenio debe abocarse a ganar más espacios, pero no a costa de empeñar el futuro alimentando la insostenibilidad del esquema de relaciones de poder existente. Es necesario romper con el mismo, fomentando la autonomía de los actores, no una dependencia enmascarada, los actores deben hacerse responsables de sí mismos, así como de sus acciones y las consecuencias que estas desencadenen.

La respuesta más común suele ser que a los sectores opositores ha hecho falta conectarse con los venezolanos, pero he aquí otro nuevo inconveniente: quienes afirman esto generalmente asumen que el venezolano no contactado es el de los sectores populares con bajos ingresos. Para ellos el resto de los habitantes son una especie de a-venezolanos, que no representan lo que es realmente Venezuela, y viven en guettos de gente rica en lo material pero desprovista de toda riqueza espiritual y cultural. Es decir, consideran que el venezolano en esencia es aquel que reúne características propias de los grupos sin riquezas económicas. Se trata de una interpretación típica de quienes, por voluntad y supervisión de sus padres, tuvieron la posibilidad de asistir a una educación de mejor calidad en planteles privados (aunque no exclusivamente), es decir, de quienes perteneciendo a las clases medias y altas, fueron educadas en el marco de una visión acorde a los programas educativos estatales que sobreviven en las universidades públicas y privadas. En parte es un grupo que compra completamente el argumento de los gobernantes venezolanos, y de quienes durante décadas en sus discursos hicieron creer que Venezuela es pobre o no es Venezuela.

Se trata de lo que podemos llamar la ilusión de la pobreza venezolana que, aunque no se origina en la mentalidad política, fue alimentada incesantemente por ella. Ahora no se aprecia la complejidad del asunto, ni mucho menos sus implicaciones, pero si se parte de la idea de que los venezolanos de verdad son aquellos discriminados por una especie de enclave explotador y clasista, la solución a esta realidad comporta arremeter contra ese orden social. Y aunque parte de esta explicación de la pobreza en el país es correcta, la trama argumentativa, y los conceptos utilizados no aclaran nada, sino que colocan un velo simplificador a un asunto sumamente complejo y multicausal. A esto agreguémosle la ya tradicional leyenda negra sobre el capitalismo nacional (quizá valdría más la pena colocar comillas y decir “capitalismo”), y nos quedaremos con la receta discursiva del populismo anticapitalista. Ser de clase media o alta es como una vergüenza para muchos. Algunos sectores conciben la riqueza como una gran torta invariable que en algún momento un ancestro, nuestros abuelos o padres, prefirieron obtener (o robarse, dependiendo del grado de rechazo), antes que dedicarse a la vida política. Tal esquema, donde pocos ganan a costa de los demás, un juego de suma cero donde todo lo demás está dado y es constante no puede generar más que antipatías de la gente pero, cabe acotar, la realidad no se agota con esta explicación, en verdad muchas familias consiguieron elevar sus estándares de vida en base al aprovechamiento de oportunidades y no en el marco del amparo gubernamental.

Estas y otras cosas le resultan incómodas a gran parte de la oposición joven venezolana debido a la nueva moda de criminalizar a las clases medias y alta por los malos resultados e incluso errores que la oposición ha cometido durante todos estos años. Resulta ahora que la culpa es de los que poseen algo, o mucho. Pero lo raro es que con el odio hacia la clase media por ser, en líneas generales, clase media, no se entiende esa supuesta aspiración por generar en el país el bienestar suficiente que permina convertir a la población de ingresos bajos en clase media. Hasta que no se resuelva esa incongruencia de la oposición el mensaje no va a ser claro, y sería terrible que en la búsqueda de un discurso de corte populista, regresemos al contenido clasista, de lucha de clases, de por sí errado en sus inicios, totalmente desfasado hoy. Es una tarea pendiente, pero que permite el desarrollo de un discurso maduro, moderno, y que en realidad promueva una visión de una Venezuela verdaderamente distinta.

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